Opinión

Por la memoria de las víctimas del franquismo

Intervención en representación de las víctimas del franquismo con motivo del homenaje a Federico García Lorca en el 79 aniversario de su fusilamiento. El acto tuvo lugar el martes 17 en el Parque Federico García Lorca de Alfacar.

Pepa Miranda
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Granadina empeñada en recuperar la memoria de los suyos.

homenaje a Lorca

Ramos de flores en el barranco de Víznar.

Quiero agradecer al presidente de la Diputación de Granada, José Entrena, y a la diputada de Cultura y Memoria Democrática y alcaldesa de Alfacar, Fátima Gómez, la invitación para intervenir en representación de los familiares de aquellos que, como bien señaló Gerda Leimdörfer, mujer del que fuera rector de la Universidad de Granada Salvador Vila, fusilado en octubre del 36, no murieron sino que fueron asesinados en estos parajes. Después de cuatro años, volvemos al lugar que nos corresponde y del que nunca debimos ser excluidos.

Las víctimas de este barranco, como las más de 12.000 contabilizadas en la provincia de Granada, fueron los instrumentos de los que se valió el ejército golpista, con la inestimable ayuda de sanguinarios mandos de la Falange, para, de manera sistemática, implantar un régimen de terror que sumió al país en uno de los más oscuros periodos de su historia.

Estos hombres y mujeres permanecieron leales a la República y encarnaron sus valores, suficiente para ser considerados héroes. Como tal queremos hoy recordarles y homenajearles aprovechando un año más el aniversario del asesinato de una de las victimas más conocidas y reconocidas, Federico García Lorca.

“Las víctimas de este barranco fueron los instrumentos de los que se valió el ejército golpista, con la inestimable ayuda de sanguinarios mandos de la Falange, para implantar  el terror”

Mucho se ha hablado, por voces muy autorizadas, de la más universal de las víctimas de este lugar, Federico: de su vida, de su obra, de las circunstancias de su muerte, del lugar donde están sus restos, y de sus asesinos. Su ingente figura ha eclipsado todo lo demás, a todas las demás víctimas delfanatismo y la barbarie, pero en aquellos momentos Federico también era uno de los muchos seres humanos que vivió en este lugar sus últimas horas de vida, horas llenas de terror y angustia, lo mismo que debió sentir el grupo que “protagonizó escenas emocionantes, despidiéndose de los guardias de asalto en los últimos momentos y encargándoles abrazos para sus hijos”.

O el de las jóvenes cuya madre regentaba una pensión en la calle Mesones, que tuvieron el valor de encararse con los guardias que iban a fusilarlas gritándoles: “cuando paséis por la calle de Mesones, mirad al balcón de nuestra casa y decidle a nuestra madre: ¡Nosotros somos los que matamos a tus hijas!

Y ese mismo terror debió sentir aquella chiquilla, Antonia Molina Pérez, de 13 años, ¡13 años! ¿Qué clase de alimañas, qué monstruos fueron capaces de poner frente a un pelotón de fusilamiento a una niña de 13 años?

Preguntas y más preguntas que desde hace 79 años nos hacemos los familiares y para las que nunca encontraremos respuesta. Como muchas preguntas hice cuando encontré en casa de mis abuelos aquella tarjeta postal con la fotografía de un señor que me impresionó por su porte, su forma de vestir (al más puro estilo de los protagonistas de las películas que veía cada noche desde muy pequeña con mi padre, en el cine de mi pueblo), y por los edificios impresionantes que aparecían a su alrededor. Y todas mis preguntas recibieron una única respuesta de mi abuelo: era su primo Salvador cuando estuvo en Argentina. El pobre tuvo mala suerte y se había muerto muy joven. Sólo muchos años después descubrí que no se había muerto, lo habían asesinado.

“Mi madre recordaba la detención de Salvador, primo de mi abuelo. Le vio salir de su casa, lívido, maniatado y escoltado por los civiles. Le fusilaron en Viznar, con 38 años y 5 hijos”

Encontré su nombre en el listado de víctimas recogidas por Rafael Gil Bracero en su obra ‘Jaque a la República‘, y con los recuerdos de mi madre se completó el relato.

Había pasado unos años en Buenos Aires, volvió apenas proclamada la República y se afilió al Partido Socialista. Debió ser un miembro muy activo de la Agrupación Local, de la que los miembros del Centro Agrario (derechas) denunciaban en la prensa y ante las autoridades que albergaba a los elementos más exaltados del socialismo granadino.

Parte de los miembros de esa Agrupación fueron detenidos los primeros días tras el golpe. En concreto, mi abuelo y otros ocho compañeros, entre ellos Nicolás Duarte, último alcalde socialista de Padul, fueron arrestados el 28 de julio y fusilados la madrugada del 7 de agosto junto al concejal socialista del Ayuntamiento de Granada, Juan Fernández Rosillo, y el director del diario El Defensor de Granada, Constantino Ruiz Carnero. Otros lograron huir como fue el caso del Dr. Rejón Delgado, exiliado en Francia, quien nunca más regresó.

Salvador se escondió en su casa, en la que permaneció durante el día, pasando la noche en el desván de una vecina para lo cual tenía que atravesar varios tejados de viviendas colindantes. De nada sirvió que ambos se jugaran la vida, alguien le denunció, y mi madre recuerda el momento de la detención, cuando en medio de un silencio terrible y una calle desierta, le vio salir de su casa, lívido, maniatado y escoltado por la guardia civil. La estampa no puede ser más lorquiana. Le fusilaron el 16 de septiembre en el Barranco de Viznar, tenía 38 años y 5 hijos pequeños.

Preguntas y más preguntas me suscitó el artículo de Andrés Sorel publicado en el año 1977 en la revista Interviú, cuyo título era: “Granada: las matanzas no se olvidan. Como García Lorca, miles de personas fueron asesinados por los fascistas”.

El autor del artículo hablaba de las investigaciones sobre la muerte de Lorca que había llevado a cabo durante varios meses y que le había llevado por varios pueblos, entrevistando a muchas personas y cuyos testimonios recogería en un libro titulado ‘Yo, García Lorca’.

“Mi abuela, mi tía abuela, testigos directos del horror, habían construido un muro de silencio para protegerse y protegernos, y fue imposible arrancarles un solo testimonio sobre lo sucedido”

Sorel relata cómo encontró a muchas personas con ganas de hablar, de contar terribles historias silenciadas largos años y señala dos lugares como símbolo de la represión y el horror: Viznar y Padul, y en ese relato aparecen nombres conocidos como el de mi abuelo José Miranda, el doctor Rejón, Pepe Luces, cuya mujer había bordado un pañuelo a Fernando de los Ríos (por este “gravísimo” hecho le raparon la cabeza y la pasearon, junto a otras mujeres, por las calles de Padul); los apodados Codornices (un padre, 3 hijos y un yerno todos asesinados), y hacía alusiones a mi bisabuelo y otros de mis familiares directos.

Hablaba de fusilamientos masivos en distintos parajes del pueblo y de la terrible Casa Grande y el Olivarillo, convertidos en campos de concentración. Y de una finca agrícola donde el cereal crecía más grande en una pequeña vaguada que en el resto, y que el propietario se negaba a recoger; pero tenía que hacerlo obligado por la guardia civil bajo amenaza de muerte. Esa pequeña vaguada era una fosa común.

Todo aquello -tan extraño, tan cercano, tan terrible…- me llevó a hacer preguntas que no encontraron respuesta. Mi abuela, mi tía abuela, testigos directos del horror, habían construido un muro de silencio para protegerse y protegernos, y fue imposible arrancarles un solo testimonio.

Sólo 35 años después he podido hacer un relato más o menos completo de las circunstancias terribles que llevaron frente a pelotones de fusilamiento a mi abuelo, a mi bisabuelo y tres mujeres de la familia, una de ellas mi tía abuela, Pura, maestra de Salar durante 26 años.

Y aunque aún hoy los restos siguen desaparecidos como los de tantos y tantos héroes de la República, su espíritu sigue aquí, y seguirá vivo mientras sigamos recordándoles, mientras sigamos honrando su memoria. Donde haya una persona que luche por la igualdad, por la justicia, por un mundo mejor en el que la libertad y la justicia sean una realidad, el espíritu de nuestros héroes perdurará.

Por ellos, por los que están en este barranco, por los que siguen en fosas, cunetas y trincheras, por los que murieron en el exilio o en campos de exterminio, por los que fueron perseguidos, acosados y exterminados como animales por todas las sierras del país, por ellos, por todos ellos, no vamos a cejar en nuestro empeño de recuperar la memoria de los nuestros.

Mientras me quede voz hablaré de los muertos tan quietos, tan callados, tan molestos. Mientras me quede voz hablaré de sus sueños, de todas las traiciones, de todos los silencios, de los huesos sin nombre esperando el regreso, de su entrega absoluta de su dolor de invierno. Mientras me quede voz no han de callar mis muertos”. Marisa Peña

 

* Gracias a Silvia González, representante de la Asociación Granadina para la Recuperación de la Memoria Histórica (AGRMH), por su inestimable ayuda.

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