Opinión

Memoria y justicia para las “mujeres de negro”

Silvia González, Pepa Miranda y Olga E. Torres, nietas de víctimas del franquismo, firman un artículo que pretende ser un homenaje a las mujeres represaliadas que sacaron adelante a sus familias sin inculcar el odio a sus hijos.

Silvia González
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Roja, feminista y sentimental. Empeñada en la memoria de los míos.

franquismo, mujeres represaliadas

Mujeres que sufrieron el exilio interior que impuso el franquismo.

El lunes día 20 de julio conmemoramos un año más el comienzo de un exterminio sistemático que se inició en las tapias de nuestro cementerio. Recordaremos a los allí fusilados, a los que siguen en las cunetas, a los que yacen en las trincheras y a todos aquellos que murieron defendiendo la legalidad republicana, pero también a aquellos, sobre todo a “aquellas”, que sobrevivieron.

Con el golpe de Estado contra la República terminaron los sueños y las vidas de muchos hombres y mujeres que lucharon por la modernización del país, lucharon para que los derechos de los ciudadanos sustituyeran a la caridad y a la beneficencia, lucharon para que la educación y la cultura fueran accesibles para todos independientemente de su origen social o su lugar de nacimiento, lucharon en definitiva por una sociedad más justa , más libre, más solidaria y más igualitaria.

Esos sueños se los arrancaron de cuajo los días posteriores al golpe de Estado, y ese deseo de igualdad y libertad les colocó frente a pelotones de fusilamiento. Con cada detonación no sólo ponían fin a sus vidas sino que eliminaban de golpe sus sueños, dando lugar a la más terrible de las pesadillas para los que les sobrevivieron, para buena parte de la población, pero sobre todo para sus mujeres, para LAS MUJERES.

Las mujeres fueron las llamadas a reconstruir sus casas a fuerza de vivir, de que vivieran sus hijos andando sin mirar hacia atrás, en un silencio espeso, a veces sabiendo demasiado y otras no sabiendo nada.

Historias que sólo ahora, ya en la madurez, hemos podido comprender emocionalmente y reconstruir a base de un tremendo empeño, un empeño ahora también llevado a cabo por muchas mujeres como nosotras. Cada una de nosotras ha tenido que hacer un recorrido a veces doloroso, a veces lleno de satisfacciones sobre la propia historia familiar y todo lo que pasó. Cada paso, cada dato, cada momento recuperado es un triunfo porque no solo buscamos sus cuerpos, les buscamos a ellos como parte de nuestra identidad.

Sentimos una gran admiración hacia nuestras familias por haber seguido adelante a pesar de todo, sin inculcarnos ningún tipo de odio, más bien al contrario, una sed grande de verdad y de justicia, y unas tremendas ganas de justicia social.

A su inmenso dolor se les unió el desprecio de una población que las apartó de la vida de la comunidad y las condenó al más duro de los exilios, al exilio interior

Pero la fuerza, esa fuerza que nos acompaña para seguir luchando, para formar de una manera u otra parte del movimiento memorialístico, para transmitir, contar, ayudar o reconstruir, se lo debemos a ellas. Ellas fueron el motor, ellas son las que nos empujan a encontrar la verdad que nunca pudieron saber, por esas mujeres que de golpe vieron como todo su mundo se derrumbaba, por esas mujeres fuertes, adustas, serias y tristes que no dudaron en bordear la legalidad de un régimen ilegal para sacar adelante a sus hijos.

La vida fue doblemente dura para estas “mujeres de negro”. A su inmenso dolor se les unió el desprecio de una población que las apartó de la vida de la comunidad y las condenó al más duro de los exilios, al exilio interior. Junto a la miseria, la tristeza y la incertidumbre ante el futuro incierto para ellas y su prole, tuvieron que sufrir amenazas y coacciones de los gerifaltes del régimen que por todos los medios trataban de arrancarles declaraciones para convertir sus viles asesinatos en muertes naturales con la promesa de una vida mejor, pero ellas permanecieron firmes, indómitas e inflexibles ante tamaña felonía, dando una vez más muestras de valor y dignidad.

Con esas mujeres la historia tiene una deuda que no ha sido capaz de saldar ninguno de los gobiernos democráticos que se han sucedido desde la Transición.

Nosotras, las nietas, también tenemos con ellas una inmensa deuda de gratitud por haber sabido trasmitirnos el valor, la paciencia y la resistencia que nos mantiene día a día empeñadas en la memoria de los nuestros. Ellas también son la memoria por la que debemos seguir adelante.

Comentarios en este artículo

  1. Es magnifico, nadie que no haya compartido estas vivencias lo puede expresar mejor, solo las que hemos crecido oyendo esas historias, que al contrario de lo que muchos quieren hacer creer a la sociedad, se nos han narrado siempre sin odios, y siempre con la coletilla de “ojalá nunca tengais que vivir esto”. Yo creo que poner una cortina no evita que haya moho,seria mucho mejor que le diera el aire. Es muy injusto que las mujeres victimas de la guerra, segun en que lado esten sean aisladas y despreciadas, o bien si estaban en el “lado correcto” alabadas y hasta en los altares. La madre, hermana, hija, esposa, siente el mismo dolor, sea del color que sea la bala que mato a su ser querido. Mi homenaje para todas ellas

    Juana Redondo. Rojas
  2. Tengo sesenta años y soy hija y nieta de aquellos que perdieron la guerra….en mi casa, mis padres siempre hablaron de política, de la situación en la que estaba el país y de como habíamos llegado a aquello…a mi padre, que luchó en la guerra con el Ejército legal, se le tronchó la juventud (nació en 1913) y a mi madre la destrozó la niñez (nació en 1926)….estudiaba en la Institución Libre de Enseñanza….cuando finalizo la guerra ya no puedo volver a estudiar…. Yo creo que fué el miedo lo que impulsó a muchas personas a callar y eso no es bueno…. creando una generación de gente asustada y acobardada….y de esos polvos, estos lodos….el miedo y la incultura….los dos grandes males de aquella sociedad….que nos han llevado a una sociedad insolidaria y egoista….

    Ana García Gutiérrez-Ravé

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