Las venas abiertas de Santa Adela

La plataforma de la barriada lamenta que la Policía vigile sus asambleas vecinales en la calle, mientras “trae sin cuidado” el grave problema de infravivienda que sufren o que la pobreza asfixie a la mayoría de los vecinos.

asamblea vecinal Santa Adela

Dos lecheras de la Policía vigilan la asamblea vecinal de Santa Adela. Foto: M.C.A.

Imposible no mantener los pies sobre la tierra cuando, presa de la ley de la gravedad, el suelo del mal llamado hogar cede y se empeña en unirse a los “inexistentes” cimientos. En estas condiciones malvive Antonio Sánchez, uno de los muchos vecinos de Santa Adela que reparte sus penas entre una precaria vivienda y la pobreza cada vez más extrema.

Mientras su suelo se comba, enviando la gota de cualquier nivel cerca del fuera de plano, las grietas desencajan marcos y losas y la humedad dibuja la versión mural de las Caras de Bélmez en las paredes, muestra entristecido Manuel.

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Antonio Sánchez muestra el desnivel del suelo de su casa, cada vez más hundido.

La maltrecha situación de su vivienda, situada en el 2 de la calle Alfambra, no es una excepción, sino más bien un espejo en esta humilde barriada del Zaidín, que esperaba cambiar su realidad social y abrir sus puertas a una dignidad solo palpada sobre papel de la constitución gracias al Plan de Reforma Integral de Santa Adela, actualmente paralizado.

“Rozamos el sueño de tener un hogar digno, pero nos explotó en las manos con la caída del ladrillo”, lamenta Mari Carmen Jiménez, una de las integrantes de la plataforma de Santa Adela, creada por los vecinos para evitar que el proyecto, que contemplaba la demolición y posterior reconstrucción de los inmuebles por fases (solo se hancompletado dos), caiga en el olvido.

Desde hace unas semanas, sus asambleas son “seguidas de cerca” por la Policía, “algo inexplicable”, denuncia la plataforma, para la que la libertad de reunión está “cada vez más coartada en la ciudad”. El colectivo exige saber “quién ha dado orden” de vigilarlos, una petición que ya trasladó a la junta de distrito de octubre. “Gastan energías en controlar nuestras asambleas, pese a nuestro manifiesto pacifismo. Pero les trae sin cuidado que un día el techo nos aplaste o que la pobreza nos asfixie”, lamentan los residentes.

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Josefa muestra la humedad en el techo de su bloque.

Porque si grandes son las grietas que se abren camino entre los muros de la barriada, más profunda aún es la necesidad que encierran dentro. El desempleo golpea a la juventud y gran parte de los vecinos –la mayoría son personas mayores- subsiste con paupérrimas pensiones.

“Mis tres hijos están parados, así que con nuestras ajustadas pagas [la suya y la de su marido] vivimos todos”, cuenta Josefa Carpintero, de 80 años. Esta vecina, residente en Santa Adela 12 (cuarta fase) tuvo que empeñar sus escasas posesiones para evitar que sus nietos dejen la universidad porque la familia ya no podía hacer frente a las matrículas, explica. “Prefiero quedarme sin nada, pero que no renuncien a su futuro. Antes de que pasen hambre, me quedo yo sin comer”, refiere esta madre y abuela recién operada de la pierna, a la par que trata de subir la empinada y peligrosa escalera de su bloque. “Siempre temo caerme”, lamenta, mostrando una gran cicatriz en la pierna y, acto seguido, las humedades del techo, algo menos pronunciadas en su casa a fuerza de mucha pintura. “Tenemos derecho a vivir dignamente los días que nos quedan de vida”, resalta abatida esta vecina.

A perro flaco…

Pero, lejos de disiparse, los problemas crecen en la barrida, obligada por la antigüedad de los bloques a costear la Inspección Técnica de sus edificios (ITE), “y lo que es peor aún”, las obras que se deriven del más que previsible informe desfavorable, recuerdan los residentes.

Para los afectados, invertir un dinero que no poseen en reparar unas viviendas que se demolerán en un futuro “carece de sentido”. “Máxime” cuando ya han comprobado que los profundos desperfectos de los edificios son “prácticamente insubsanables” con reformas, infieren. “Hemos arreglado el tejado del edificio en dos ocasiones [Santa Adela, 34]. En total gastamos 8.000 euros, pero el agua sigue filtrándose”, detalla Antonio Domínguez, señalando las manchas negras de humedad en un inmueble que se pintó hace no mucho. Al lado otros tantos muestran las huellas de las pasadas lluvias, a pesar de que también acometieron obras para evitar filtraciones, informa Dominguez.

El problema de base es la “deficiente” construcción de Santa Adela, levantada con materiales de “baja calidad” y “nulo aislamiento”, recuerda Isidro Olgoso en su obra ‘Entre dos Ríos’. La necesidad ofrecer un techo a las cientos de familias granadinas damnificadas por el terremoto del 56 precipitó un cambio en la estructura de la barriada, que pasó de las 750 casas unifamiliares proyectadas inicialmente a 1.250 agrupadas en bloques de diversa altura.

Esta precaria construcción unida a la imposibilidad de sus vecinos de acometer reformas por su difícil situación económica, advierte Olgoso, propició el “notable deterioro” de esta zona, sacudida por la marginación durante años. Aunque gracias a la implicación del barrio –y al propio plan de Santa Adela- sus días de gueto quedaron atrás, continúa siendo de los lugares más degradados del Zaidín. De ahí que la plataforma de Santa Adela haya decidido unirse para reivindicar el proyecto del que depende otra barriada posible.

(22/10/2013)

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