Una vida entre letras de plomo

Antonio Bravo, vecino del Zaidín que formó parte de la primera corporación democrática de Granada, ha dedicado parte de su vida a la linotipia, un invento que revolucionó las Artes Gráficas en su momento y que terminó desapareciendo con los avances tecnológicos.

Por sus manos han pasado muchas de las noticias que salieron de las rotativas granadinas entre los años 60 y 70. Antonio Bravo, vecino del Zaidín que integró como concejal la primera corporación democrática de Granada, ha dedicado parte de su vida a la linotipia. Su trabajo consistía en reproducir la información letra a letra, extrayendo líneas de plomo que, posteriormente, se unían para la impresión de las páginas.

Antonio Bravo trabajando en una linotipia.

Sentado frente a uno de los ordenadores del centro Guadalinfo del barrio, donde aprende junto a otros compañeros los entresijos de internet, este zaidinero muestra uno de los lingotes que salieron de su linotipia para dejar su huella impresa sobre el papel. Con aquellas letras de plomo comienzan a fluir los recuerdos de una vida “nada fácil”.

“Mi madre se quedó prácticamente en la indigencia cuando murió mi padre”, relata Antonio, que se quedó huérfano con 9 años. “Entonces decidieron enviarme al colegio de huérfanos de la policía, en Madrid (su padre era del cuerpo). Nunca había salido de Granada y mi tío me dejó en el tren para ir a la capital a estudiar. Recuerdo que le dio mi documentación a dos agentes que iban en el mismo vagón, a los que encargó mi cuidado”, cuenta.

Antonio muestra uno de los moldes que salieron de su linotipia.

El viaje, sin embargo, se torció cuando los policías a cargo de Antonio descubrieron la presencia de unos maquis en la locomotora. “Los milicianos saltaron a la vía en mitad del camino y los agentes abandonaron el tren para seguirlos, llevándose consigo mis papeles”, recuerda este zaidinero, que nunca olvidará la sensación de desamparo cuando llegó a su destino, Atocha, solo y sin documentación. “En la estación observé el letrero de una comisaría de policía y allí me dirigí. Me tuvieron un día entero en el cuartel para corroborar la veracidad de la historia que acababa de contarles”, señala.

El cúmulo de casualidades que lo llevarían a ejercer como linotipista prosiguió tras este episodio. El colegio al que se dirigía estaba en obras, así que lo trasladaron a la Escuela de Artes Gráficas. Fue ahí donde entró contacto con el diseño y el mundo de la imprenta. “Cuando por fin finalizó la reconstrucción del colegio de huérfanos, yo ya había aprendido casi todo el oficio, así que decidí continuar estos estudios”, comenta Antonio, que ha recorrido todos los talleres de Granada y fundó su propia imprenta en la ciudad.

Su trabajo tampoco ha estado exento de anécdotas. De hecho, en el gremio pocos olvidan donde se encontraba este zaidinero cuando se produjo uno de los terremotos de los años 70. “Había ido a la redacción del Patria para hacer una prueba por la tarde. Al incluir el espaciado entre palabras la máquina hacía un ruido bastante estridente, que iba en aumento en función de la separación mayor o menor. Justo cuando introduje la separación y el aparato dio el golpe comenzó a moverse la tierra. La gente bajó corriendo porque creía que las pilas de bobinas nos habían aplastado”, rememora Antonio, con el que todos bromeaban desde entonces señalándolo como el causante del seísmo.

“Además de en Patria, trabajé en Ideal, ABC, la Hoja del Lunes, La Voz de Castilla, la litografía Nestlé…”, recuerda este “enamorado de la linotipia”, como él mismo se describe: “hasta el sonido de la caída de la matriz (el molde de la letra) me gustaba. Había compañeros que hacían música con estos zumbidos, tecleando en el momento exacto para conseguir que el ruido se transformara en ritmo”, narra Antonio, cuya profesión cayó en el olvido debido a los avances informáticos introducidos en las redacciones e imprentas.

“Precisamente cuando comencé a trabajar en Artes Gráficas, los cajistas, el gremio que nos precedió, estaban de huelga por los despidos en el sector. El caso es que un linotipista podía hacer el trabajo de 20 cajistas. En seis horas de jornal se hacían unas 1.500 líneas de periódico”, señala. “Estábamos rifados, nunca nos faltaba trabajo, pero el ordenador nos desbancó. La entrada del offset provocaría esta misma situación entre los linotipistas. Nuestro trabajo ya no era necesario, de ahí que la profesión desapareciera”, lamenta.

Fue entonces cuando Antonio tuvo que decir adiós a la linotipia. “Aprobé unas oposiciones para la Diputación, donde he trabajado en la imprenta y, posteriormente, en el Boletín Oficial de la Provincia (BOP) hasta mi jubilación”.

Noticia aparecida en ABC el 4 de julio de 1980.

Pero si algo ha marcado al linotipista, comenta, es su “inquietud por hacer algo por los demás”, lo que despertó su “interés por la política”. A los 28 años inició un voluntariado en la antigua cárcel, donde impartía unos cursos de Cristianismo enfocados a ayudar a la población reclusa. “Nos involucramos mucho con los presos, al ver la situación en la que se encontraban sus familias, que pasaban mucha hambre y miseria. No había ONGs, ni ningún tipo de ayuda para estas personas, a las que dejaban en el más absoluto desamparo. Me preocupaba su situación de indigencia. Fue mi deseo de ayudar a los demás lo que me llevó a aceptar que me incluyeran en las listas de Antonio Camacho (UCD) en las primeras elecciones democráticas”, sostiene.

Tras el triunfo de UCD en los comicios (1979), Bravo ocupó la concejalía de Trabajo y Paro Obrero, cargo del que pronto dimitió “decepcionado de la política”, indica el zaidinero, que prefiere no entrar en detalles respecto a este asunto.

En la actualidad, Antonio ha formado el grupo de Mayores de 50 de la Red Extragrupo Granada, con el que organiza excursiones, viajes y actividades de ocio. También escribe, junto al resto de alumnos del centro Guadalinfo, la historia del Zaidín para una wiki. De su pasado como linotipista ha dejado una huella imborrable en el Parque de las Ciencias: una de sus linotipias. La donó para que los demás pudieran conocer el invento. En la máquina un letrero muestra su nombre: Antonio Bravo. Ocultas a la mirada del público quedan las vivencias que este apasionado de las nuevas tecnologías compartió entre letras de plomo.

(03/01/2011)

Comentarios en este artículo

  1. […] excusa de la crisis publicitaria y la profunda transformación del sector, no está demás conocer la historia de un linotipista, vecino del Zaidín, con multitud de anécdotas a sus espaldas. Nuestra compañera Lorena Moreno rescata su historia para GranadaiMedia, una vida […]

    Resumen informativo del 05/01/2012 | Granada despierta
  2. Yo era linotipista, mejor dicho, lo soy. Luego pasé a la fotocomposición. He de reconocer que no hay competencia y que los trabajos son mejores ahora que antes. Aunque la lino bien cuidada, cosa que la mayoría no cuidó porque lo importante es sacar trabajos rápidos a la calle, aunque fueran mal hechos. Pero como digo, la foto bien cuidada siempre será mejor.

    ramon rojas torrejon

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