Días de película en el Cine Central

La historia del cine Central, el primero que encendió sus proyectores en el Zaidín, ha corrido paralela a la de la familia de su fundador, Antonio Álvarez. Uno de sus hijos, de nombre homónimo, repasa toda una vida ligada al séptimo arte.

antonio álvarez cine central

Antonio Álvarez, hijo, en su terraza, hasta los 80 patio de butacas del cine de verano del Central.

Cada vez que ve ‘Cinema Paradiso’ no puede evitar sentirse identificado con el protagonista. “Esa película cuenta mi vida”, señala emocionado Antonio Álvarez, uno de los seis hijos del fundador del cine Central, el primer cine que levantó el telón en el Zaidín. Junto al edificio que antaño albergaba su patio de butacas -hoy el supermercado Dani de la avenida de Dílar– conserva su hogar este zaidinero de adopción. En su terraza se alzaba la sala de verano inaugurada por su familia tiempo después, recuerda. Sus 81 años no han pasado factura a su memoria, reconoce sonriente, mientras enciende con sus palabras el proyector del pasado para compartir el filme de toda una vida ligada al invento de los Lumière.

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Antonio Álvarez, hijo, en la sala de proyección del cine.

Aún recuerda con exactitud la fecha en la que dejaron Pampaneira, su pueblo natal, para afincarse en el Zaidín: “Fue el 5 de julio de 1955. Entonces no había más que hazas de olivo y cultivos en el barrio. Solo estaban construidas las primeras 322 viviendas de las Casillas Bajas”, detalla, trasladándose a aquella época a través de los recuerdos.

Toda la familia trabajó a destajo para levantar el cine. “En diciembre, con 22 años, estaba sobre el tejado mojado soldando. Tardamos exactamente un año en construirlo”, cuenta. Para financiarlo los fines de semana celebraban verbenas en los esqueletos del futuro cine Central. “Entonces era un negociazo. Esto se llenaba y el ambientazo era de miedo”, describe el ex proyeccionista y empresario, siempre con una sonrisa para acompañar sus entrañables anécdotas. “Actuaban Paquito Rodríguez y Cecilio y en el hueco de la cabina se situaba la orquesta”, rememora. A su hermano Julio –que recogió el testigo familiar y aún conserva Cinemas los Vergeles, el único cine de verano que sobrevive en la ciudad– “se le ocurrió entonces instalar un ropero por el que cobraba, lo que resultó una gran idea”.  “Cuando avanzábamos en las obras la gente bromeaba diciendo que la recaudación del baile había sido buena”, explica Antonio con comicidad.

“Incluso montamos personalmente sus 400 butacas. Trajimos la madera de Pampaneira”, refiere. Fue en este pueblo donde empezó el vínculo familiar con el séptimo arte. El padre de Antonio, del que heredó su nombre, fundó allí el primer cine de la zona, en la que también construyó la primera central eléctrica – Eléctrica San José- hoy “propiedad de Sevillana”. “Fue un gran inventor. También montó un molino de harina que ideó él mismo”, recuerda, sin perder la ilusión de escribir “algún día” un libro que rescate la interesante vida de su progenitor y las ingeniosas máquinas que creó.

A él se le ocurrió llevar la magia del cine a los pueblos de la Alpujarra después de que adaptaran al sonido su cinematógrafo. “Viajábamos con un proyector ambulante a las fiestas. También a algunas fábricas para entretener a los operarios. Tardábamos horas en llegar con las máquinas a caballo. Volvíamos de madrugada con taquillas de muy pocas pesetas”, explica con su habitual buen humor.

En la sala de Pampaneira solían recibir la visita de los censores, que colocaban la mano ante el haz de luz para esconder con su sombra las escenas consideradas impúdicas –como podían ser un inocente beso final o unas manos entrelazadas. “De inmediato” se oían “los chiflidos” del público, al que nunca se protegió de las escenas de guerra y violencia, pero sí de cualquier muestra de amor, por tímida que fuera, reconoce Antonio.

“Al Zaidín las bobinas llegaban censuradas, aunque a veces las teníamos que cortar nosotros”, comenta. La mudanza al barrio fue “inesperada”. “Un día mi padre viajó a Granada y, a la vuelta, nos dijo que había decidido comprar un solar en el Zaidín. Vendió todo y nos vinimos a vivir aquí”, aclara Antonio, aun sorprendido por su repentina decisión.

Un año después de su llegada, en julio del 56, estrenaron el Central con ‘Magnolia’, la primera película que se proyectó en el Zaidín. “La gente le tomó mucho cariño al cine. Incluso tenía que acudir la Policía por la cantidad de personas que se aglomeraba en la puerta”, sostiene Antonio.

Así comenzaron los años dorados de este cine familiar que, inicialmente bautizaron como Avenida, nombre que tuvieron que modificar porque ya estaba registrado. “Aún sueño con esa época”, explica Antonio, que pasaba largas horas en la cabina, “muy pendiente” de los dos proyectores para cambiar la bobina, tarea que entonces requería gran destreza. “Gracias a un invento de mi hermano Julio podíamos sustituirlas sin interrumpir la sesión”, explica.

cine central zaidín

Charla de un misionero en el interior del cine Central. Con las cortinas del cine improvisaron la cruz.

En los 60 el Zaidín se convirtió en un barrio de cine por las numerosas salas de verano que se estrenaron. “Inauguraron Zaidín Cinema, posteriormente el Apolo, también en la avenida de Dílar; y más tarde el Río, el Montecarlo y el Azul. Ese estío “hubo mucha competencia”, cuenta este enamorado del séptimo arte. “Tuvimos que rebajar el precio a dos pesetas y ni por esas. Lo pasamos mal. Veíamos las colas del Apolo desde aquí. Al año siguiente inauguramos el cine de verano” para reflotar el negocio,  detalla.

Su apertura hizo posible que el Central viviera otras tantas inolvidables temporadas de cine hasta su cierre en los 80, tras un breve período gestionado por una empresa sevillana. “Los cines sufrieron un duro golpe con la llegada del 600, la televisión y, finalmente, los videoclubs”, revela Antonio, para el que este popular vehículo, símbolo de la España en blanco y negro, propició que muchas familias cambiaran la gran pantalla por las escapadas. “El negocio ya no era rentable, por eso decidimos vender”, concluye.

Fueron 23 años de película que han dado para muchas anécdotas, entre éstas, dejar manco a un John Travolta de aglomerado que transportaba en el coche para que hiciera de reclamo en el estreno de ‘Fiebre del Sábado Noche’. «Cuando me di cuenta tuve que volver para buscar su brazo y pegarlo», ríe este entrañable cinéfilo, cuyas divertidas historias resultan imposibles de compartir sin temer la llegada del ‘the end’.

(23/05/2014)

Comentarios en este artículo

  1. Que geniales ideas en esta familia! Estas andanzas me parecen de libro. Es una historia preciosa que no debe perderse sin más. Me ha encantado conocer a estos aventureros que apostaron por ideas nuevas cuando la vida era aún más complicada! Gracias Granadaimedia por vuestro trabajo!

    ester
  2. Al ser de la Alpujarra tambien me recuerda el empuje e impetu de sus gentes. Muy trabajadores y muy sabios. Enhorabuena por la historia y por mejorar el divertimento de Granada.

    jose antonio
  3. Me encanta como has desarrollado esta historia tan interesante. El barrio de Zaidin nuca deja de sorprenderme sus historias (GENIAL)

    Mª Carmen Ariza
  4. Doy gracias porque de alguna manera , gracias a esta familia me hice un hombre aprendí lo que de alguna manera hoy soy, en mi recuerdos y juventud aprendí barios oficios en tres ellos el de operador cinematográfico, los compañeros de trabajo, portero acomodador (los manolos, el telas el compadre y otros)el Zaidin que no es poco

    Antonio Molinero Martin

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