Ayuda para que el hogar de Teresa vea la luz

Santa Adela plantea celebrar rifas y espectáculos para poner fin al ‘apagón energético’ que sufre una vecina con más de 70 años por la antigüedad de la red eléctrica de su casa. La afectada vive con su hijo, su nuera y dos nietos.

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Teresa, su nuera Dolores, su hijo Juan Carlos y sus dos nietos.

“Mientras los Gobiernos sigan mirando hacia otro lado, no queda más que la solidaridad y lucha ciudadana para tratar de cambiar la realidad. Si las personas no nos unimos para rescatar a otras personas, ¿qué nos queda?”. Vecinos del Zaidín han decidido poner en práctica esta máxima compartida para tratar de atajar la difícil situación que sufre Teresa Medina y su familia, desde que la instalación eléctrica de su humilde hogar, situado en Santa Adela, dejó de funcionar por su antigüedad, coincidiendo con la última bajada de temperaturas.

Sus convecinos han pasado a la acción para intentar evitar que el frío siga instalado en su maltrecha vivienda, donde además de esta zaidinera con más de 70 primaveras residen uno de sus tres hijos, actualmente en paro, su esposa, también desempleada, y sus dos nietos (una bebé y un pequeño de dos años).

De momento han llevado a cabo un ‘arreglo’ provisional para evitar que siguieran sin electricidad, pero aún así la precaria red, reforzada por cables al aire para remediar el ‘apagón energético’, no soporta más de tres aparatos conectados al unísono, lo que obliga a la familia a desenchufar prácticamente todo para poder calentarse con la estufa.

La solución definitiva al problema pasa por “renovar la instalación”, con más de seis décadas, ya que la mayoría del cableado y los enchufes se han «quemado y están pelados», explica Mariano Martín Civantos, ingeniero de Edificios que colabora altruistamente con los vecinos de Santa Adela. Según agrega, cuando hace 60 años se instaló la red de la vivienda, situada en la tercera fase del plan de reforma de la barriada, apenas se empleaban electrodomésticos y artefactos eléctricos, cosa que ha cambiado radicalmente hoy día. “Para saber hasta qué punto la electricidad se ha transformado en eje de nuestras vidas, basta tratar de pasar una hora sin luz”, insta el ingeniero.

El problema es que la obra para modernizar la red eléctrica cuesta alrededor de 900 euros, un gasto extra inasumible para Teresa. Con su pequeña pensión, sostén económico de sus tres hijos y sus familias desde que se quedaron en paro, ya hace milagros para llegar final de mes.

Ante su cruda situación, un grupo de vecinos ha celebrado una reunión para tomar medidas. Por lo pronto, se plantean financiar los trabajos organizando rifas y algún espectáculo en el teatro del Zaidín, actividades a las que invitan a sumarse para ayudar a esta madre y abuela. “Toda colaboración es bienvenida. Si alguna empresa pudiera aportar los materiales o a alguien se le ocurre alguna idea para costear la reparación, que contacte con nosotros”, anima Mari Carmen Ariza, integrante de la plataforma de Santa Adela. Y es que la situación de Teresa se ha vuelto insostenible desde que a la pobreza genérica se ha sumado la energética.

Amenaza de desahucio

santa adela

Los cables para reforzar provisionalmente la instalación eléctrica recorren las paredes de la casa.

En la actualidad esta zaidinera lucha junto a Stop Desahucios para que Visogsa, la empresa pública de vivienda de la Diputación, no deje en la calle a uno de sus hijos, residente en La Zubia y parado de la construcción desde hace más de nueve años. “Gracias a las protestas del colectivo logramos un acuerdo para que pasara a pagar poco más de 100 euros, en lugar de los 500 euros mensuales que venía aportando, una cantidad muy elevada para tratarse de un alquiler social. Pero hace unos días ha recibido una carta en la que amenazan con recurrir a la vía judicial si en un plazo de 15 días no paga los 8.727 euros de diferencia”, cuenta entristecida Teresa, enfundada en una rebeca de lana y arrimada a la única estufa que pueden mantener encendida. A su lado, Juan Carlos, el hijo con el que comparte casa, relata su también incierto horizonte.

Pese a tener empleo seis meses al año en Palma de Mallorca, donde trabaja como cocinero, la precariedad laboral asociada a su condición de fijo discontinuo lo ha obligado a volver al hogar materno, antes propiedad de su abuela. El reducido sueldo y el paro posterior no dan para sostener a su familia y pagar el alquiler, lamenta, indignado por la falta de políticas para la creación de empleo que además sea «estable, no en precario».

El tercer hijo de Teresa atraviesa igualmente un momento complicado. Tras un ERE en la empresa para la que trabajaba como camarero en Barcelona, se quedó en la calle. Desde entonces subsiste vendiendo chatarra.

Al pensar en la dramática situación familiar y contemplar a sus nietos, Teresa no puede evitar que el temor la embargue. Este oscuro presente no puede transformarse en su futuro. “Tenemos que hacer que las cosas cambien”, asegura convencida, mientras trata de consolarse con su única posesión compartida, la salud. “Mientras no nos falte, lucharemos”, comenta y repite la frase como un mantra, aferrándose a sus palabras tanto como a sus vecinos, “un apoyo inestimable para seguir adelante ante el olvido de los gobiernos”.

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