El bar más antiguo de la Chana

Diego Díaz Fernández y Diego Antonio Sánchez Díaz, propietarios del bar Chana

Diego Díaz Fernández (i), junto a su sobrino, Diego Antonio Sánchez Díaz

Diego Díaz Fernández compró, en 1962, el local que hoy alberga el bar Chana, el más antiguo del barrio. Desde entonces ha permanecido siempre al otro lado de la barra, con un unico día de descanso a la semana, desde las siete y media de la mañana hasta las doce de la noche y «sin ponerse nunca malo».

Cuando Diego comenzó su andadura por el mundo de la hostelería, los bares eran «otra cosa». Apenas había unos cuantos en el barrio, entre otras cosas, porque, como explica un vecino, «no estaban permitidos en muchas partes». Eran otros tiempos y, por tanto, otras costumbres. Lejos de la variedad que hoy ofrece cualquier establecimiento, en aquellos tiempos, «sólo se bebía vino Costa«. La cerveza apenas se vendía, la gente no estaba acostumbrada y a la mayoría le parecía que era demasiado amarga. El aguardiente y el coñac completaban el repertorio de las bebidas más consumidas.

«El vino venía en aquella época en pelejos, ni siquiera había botellas», explica Diego, que recuerda con nostalgia aquellos tiempos en los que «no se paraba», «llegaba a vender hasta 1.500 pesetas al día», lo que equivalía a 1.500 vasos de vino. Desde el otro lado de la barra, entre risas, un vecino matiza que de eso «la mitad era agua».

Diego Díaz Fernández, junto a algunos de sus clientes

Diego Díaz Fernández atiende a algunos de sus clientes

Ha pasado mucho tiempo y aquellos platos de choto de entonces quedan ya lejos. «Me traían el animal de Quéntar; me cobraban 5 duros y venía ya despellejado», recuerda Díaz. Ahora, son las «papas a lo pobre» la tapa estrella del lugar, o como algunos la llaman, «papas de rico».

En los últimos veinte años, Diego ha contado con la ayuda de su sobrino, Diego Antonio Sánchez Díaz. Ambos reconocen que «la cosa nunca ha estado tan parada como ahora». «Antes esto estaba siempre lleno de albañiles, carpinteros y electricistas que venían a jugar a las porras, y ahora estamos demasiado tranquilos» afirman. De los clientes de entonces, todavía siguen yendo algunos, «el peluquero, Pepe el de Mengíbar, el que fundó el equipo de fútbol…»

En todo este tiempo, Diego ha visto pasar por su bar muchas caras y ha sido testigo directo de los cambios que ha experimentado el barrio. «Antes todo esto era un barrizal», recuerda, mientras muestra las secuelas del paso del tiempo en sus piernas, cansadas tras medio siglo de pie tras la barra.

En su único día libre, Diego se traslada a «su finquilla», situada en el barrio del Zaidín, donde se ocupa de sus frutales y sus olivos. Ya tiene 82 años y es un hombre entrañable. Por eso, sus vecinos quieren reconocer su trayectoria y agradecerle sus 50 años de servicio con la concesión, en las próximas Fiestas Populares, del Premio Farolillo, un galardón que se otorga a los chaneros más distinguidos.

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