Tragos de historia, raciones de Granada

Granada conserva bares y tabernas que han cumplido el siglo o están a punto de hacerlo. Locales llenos de sabor que luchan contra su peor crisis y cuyos propietarios desean mantenerlos porque saben que son parte de la ciudad.

La emblemática Casa Enrique. Foto: Casa Enrique

Un aviso antes de arrancar: este reportaje no pretende mencionar todos y cada uno de los bares y tabernas con raigambre, solera y veteranía de Granada. Con toda seguridad se quedaría alguno fuera y entonces alguien podría decir que ese olvido ha sido intencionado, que se pretendía favorecer a un local o perjudicar a otro y cosas por el estilo. Tampoco se trata de establecer competiciones para precisar si un bar es más antiguo que otro por cuestión de uno o dos años, o incluso por tres o cuatro meses. En esos detalles es fácil equivocarse.

Lo que sigue es una mera enumeración y exposición de una serie de lugares que han conseguido sobrevivir al paso del tiempo, tan implacable a veces, y que sólo por ese hecho ya son dignos de elogio. Bares y tabernas (que no son lo mismo, como luego se verá) que incluso ahora, con la limitación horaria obligada por las circunstancias, abren sus puertas cada día para hacer más llevadera la vida de los demás. Porque los bares, para qué negarlo, son parte de la cultura popular, como también de la memoria sentimental de cada cual. Cuando uno cierra para siempre, se abre al mismo tiempo un canal de recuerdos que lo ligan con determinados momentos de la vida. Pasará lo mismo con las tiendas de ultramarinos y con las mercerías, de acuerdo, pero este reportaje va sobre bares (y tabernas).

La decana se toma un respiro

Interior de Casa Enrique, la taberna más antigua de Granada y la tercera más longeva de Andalucía. Foto: FB de Casa Enrique, autorizada por el propietario del local.

El recorrido empieza por la taberna que, a menos que alguien lo refute, es la más antigua de Granada y la tercera más longeva de Andalucía. Casa Enrique se ubica desde 1870 en la Acera del Darro, lo que quiere decir que 151 años la contemplan. Que nadie trate de ir para allá en cuanto lea esas líneas, que está cerrada. Pero reabrirá, eso lo tiene clarísimo su propietario, Enrique Martínez, que matiza que desde que echó el cerrojo cuando estalló la pandemia, hace ya de eso once meses, sólo piensa en que lo descorrerá cuando pase el temporal. 

Fue desde siempre una taberna. O sea, un lugar donde tradicionalmente se vendía vino. Sobre todo para las casas, aunque también había parroquianos, clientes habituales, que lo consumían allí. A palo seco o, en todo caso, acompañado con un poco de queso o de chacinas. En Casa Enrique, como en muchas otras tabernas, al principio no había ni siquiera barra. 

Siempre tuvo un Enrique al frente. Su actual responsable recuerda que así se llamaba uno de los jefes que le traspasó el local a su abuelo, con quien compartía nombre. Aquello ocurrió en 1911 y desde entonces el establecimiento ha estado en manos de la familia Martínez. Ha pasado por tres generaciones y no está nada claro que se haga cargo del mismo una cuarta. El dueño tiene 63 años y cuando se jubile piensa alquilarlo «porque mis hijos tienen sus carreras y yo no quiero que se dediquen a esto, es muy sacrificado». 

Por lo que la memoria le alcanza y por lo que le contaron sus mayores, Casa Enrique era un sitio donde los usuarios acudían a «beber vino blanco de La Mancha», acompañado si acaso con unas aceitunas y, más adelante, con un plato pequeño con anchoa (o melva) y pimiento morrón. Después llegaron los bocadillos, de los que hubo hasta veinte variedades, y de ahí se dio lo que el hostelero considera un importante salto de calidad: productos selectos llegados de aquí y de allá. Sobrasada traída desde Mallorca, chorizo comprado en Salamanca, tocino procedente de Extremadura…

Con el tiempo fue haciéndose con una clientela amplia y selecta. Por esas puertas han pasado premios Nobel como José Saramago o Ernest Hemingway, «que venía con un grupo de gente entre la que había un chico de 15 años que sigue pasándose por aquí»; políticos como el expresidente del Gobierno Joaquín Calvo Sotelo o el exalcalde de Madrid Enrique Tierno Galván, del que dice que «le gustaba este sitio tanto que solía decir que era la excusa perfecta para venir a Granada»; o artistas y famosos de ayer y hoy, como Florinda Chico, Carlos Herrera, Enrique Bunbury o Joaquín Sabina

A Casa Enrique también se la conoce como El Elefante. De hecho, colgando de la puerta de la taberna hay uno metálico. El porqué de ese sobrenombre ha dado lugar a varias explicaciones y Enrique Martínez se apresura a desmentir la que asegura que le viene porque un anterior dueño cogía unas borracheras (también llamadas trompas) de campeonato. «No es así. El jefe de mi abuelo era muy grande y además, a cuenta de una enfermedad y de que tenía que estar mucho tiempo de pie, se le quedaron los pies planos y andaba como arrastrándolos. Como mi abuelo era también alto y corpulento, se quedó con el mote, aunque la verdad es que no le gustaba nada. Si llega a ver el letrero que hay en la puerta, seguro que no le hubiera hecho nada de gracia», bromea. 

Aunque la decoración no le pasa desapercibida a casi nadie, con tanto jamón colgado y tanta foto en las paredes, no todos se dan cuenta de una pieza de museo que allí reposa desde hace cuarenta años. Es una caña de lomo «que, después de abrirla, resultó que no estaba muy buena. Como no quería darle a mis clientes algo así, no seguí cortando. Pero también me daba pena devolverla, así que allí se quedó», relata, para añadir que donde hay un verdadero arsenal de cosas interesantes es en el sótano. Allí se acumulan vinos antiguos, piezas de laboratorio e instrumental que utilizaba su abuelo «para hacer nuestro propio vermú y nuestro aguardiente». 

Como se dijo al principio, Casa Enrique pretende volver. Y seguirá en su línea, lo que quiere decir que no pondrá tapas gratis, en contra de la costumbre granadina. «Yo prefiero servir una copa de un vino que cuesta quince euros la botella y cobrarla a tres euros y medio. Y después, si el cliente quiere acompañarla con algo, le pongo una cuña de uno de los mejores quesos de España a 1,20. Prefiero mil veces eso a un vino vulgar con una tapa de cualquier cosa por tres euros. De hecho, creo que mientras aquí sigamos con esa mentalidad, a Granada no le darán ni una estrella Michelín ni nada por el estilo», concluye. 

El Clásico del Realejo

Bares y Tabernas de Granada El Sota Realejo

El Sota en realidad es el Ocaña. Desde 1905 atiende en El Realejo a su clientela. Foto: Lucía Rivas

La siguiente parada en este paseo por los bares y tabernas debe ser El Sota, que lleva en la Plaza del Realejo desde 1905. En realidad se llama Bar Restaurante Ocaña, pero todo el mundo lo conoce por el mote que le pusieron a Antonio Ocaña, su propietario en los años 50 del pasado siglo. Como era un sitio en el que se solían beber copas por la noche y jugar a las cartas, y como el dueño se llevaba comisión por esas partidas, a alguien se le ocurrió compararlo con la sota de copas de la baraja española. Y con Sota se quedó. Su hijo fue El Sotilla y su nieto, Antonio Ocaña, de 57 años, ha heredado el apodo.  De todos los sitios que aparecen en esta relación, el Sota es el único que ha pertenecido siempre a la misma familia. Es un local tan familiar que su propietario vive justo al lado, con su madre y su mujer.

Se fundó como café-bar (es decir, con un objetivo más ambicioso que el de vender vino  para las casas, que era inicialmente el de las tabernas) y con el paso de los años convirtió un amplio espacio que hasta entonces era almacén y corral en un restaurante. Como es un lugar espacioso, ha servido casi para todo. Por ejemplo, para jugar a los bolos o al bingo. Y por supuesto al póker y al julepe en timbas nocturnas sin fin.

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Allí se ha hablado siempre de fútbol, porque Antonio Ocaña El Sotilla fue presidente del Numancia (que es un equipo de Granada, pese a compartir nombre con el de Soria) y después directivo del Granada. También de Semana Santa, una tradición muy arraigada en el Realejo que tuvo en el bar su centro de reuniones. El flamenco tampoco ha faltado, y de hecho allí se gestó la creación de la peña La Platería. Ni los toros, con tertulias de Joselito, El Fandi, Enrique Ponce o Morante de la Puebla, entre otros. 

Al inicio de la Transición llegaron a cerrarlo por incumplir el horario. Al actual propietario se le ocurrió pedirle a su padre que le escribiera al rey, el recién nombrado Juan Carlos I, «para ver si podía hacer algo». Es casi imposible saber si la carta llegó a sus manos, pero el caso es que el bar se reabrió en muy poco tiempo. «Por eso desde entonces les tengo cariño a los reyes», bromea Antonio Ocaña. 

El hostelero se lamenta de que la época dorada, la de los menús «con siete primeros platos y siete segundos para elegir» haya quedado lejos por culpa de la pandemia. No sabe si podrá aguantar mucho tiempo más, sobre todo porque, poco antes de empezar el vendaval, tuvo la «ocurrencia» de abrir un segundo Sota en el Zaidín, lo que supone más gastos y más quebraderos de cabeza. 

«Ahora nos hemos quedado sin Semana Santa, sin cruces y sin turismo, que eran tres puntales para el negocio. Pero mi familia me inyectó luchar ante la adversidad, que es lo que ella hizo, y me gustaría que este sitio, que tiene 115 años de historia, continuara mucho tiempo más», finaliza, con un hilo de esperanza. 

El hogar del requeté

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Cisco y Tierra, a la espalda del Ayuntamiento de Granada. Foto: Lucía Rivas

La siguiente parada es en el Cisco y Tierra, un pequeño bar a la espalda del Ayuntamiento que lleva en activo desde 1920. Por entonces cumplía dos funciones: punto de venta de cisco, un carbón vegetal muy usado en los braseros, y despacho de vinos. Según su actual propietario, José Luis García, «el de la licencia más antigua de Granada». 

Lo segundo fue ganándole terreno a lo primero y ya en los años treinta fue un bar con todas las de la ley. Y con una tapa ineludible: el requeté. Consistía y consiste en un trozo de melva canutera (aunque también se hacía con caballa) coronado por un pimiento morrón. El aperitivo recibió ese nombre porque los requetés, soldados carlistas que lucharon en la Guerra Civil española con el bando franquista, vestían de marrón y llevaban una gorra roja. 

Ha tenido varios dueños y el más conocido de ellos fue Juan Anaya, que también llevó establecimientos como el Corral del Carbón, el Lepanto o La Manigua, todos ellos cercanos al Cisco y Tierra. Pero el paso del tiempo no ha implicado cambios sustanciales, salvo la colocación de una puerta para separar el bar de lo que antes era un descampado que almacenaba el carbón vegetal. Ahora, tras esa puerta, hay un restaurante para 120 comensales cuyo interior sólo han visto unos cuantos elegidos. Quien quiera saber más, que vaya y pregunte.

José Luis García se hizo cargo del negocio el 7 de julio de 2019, una fecha que no podrá olvidar porque ese mismo día, pero catorce años antes, sufrió un accidente que lo dejó en coma. El hostelero, de 36 años, cree mucho en el simbolismo de los números y de las situaciones. De hecho, tiene claro que hay una serie de señales que le llevan a pensar que si se convirtió en hostelero fue por indicación de su difunta abuela, a la que idolatra. 

Ella era de Sevilla, ciudad en la que él también residió. Eso a lo mejor explica por qué hay varias reliquias allí que emparentan el bar con la ciudad hispalense. Recuerdos que en algunos casos se remontan a finales del siglo XIX y están ligados a su vez a la feria y a los toros, dos cosas de las que han hablado los clientes en todo este siglo de vida. De eso y de flamenco, porque también ha sido punto de encuentro de artistas. 

También ha acusado el golpe de la pandemia, claro, pero José Luis García está dispuesto a seguir. «Es un sitio lleno de recuerdos bonitos para los granadinos y creo que debe permanecer en pie», comenta. Él espera que eso le sirva también para conocer al cantaor Diego El Cigala. «A mí hay amigos que me llaman Cigala. De alguna manera él se enteró y se puso en contacto conmigo por redes sociales. Me ha prometido venir y espero que cumpla lo que dijo», comenta. Y mientras eso llega, en el Cisco y Tierra seguirán poniendo el requeté. Eso, que no falte. 

El templo del Mejorana

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A tiro de piedra de la Virgen de las Angustias está la taberna Granados. Foto: Lucía Rivas

A la taberna Granados, en la Carrera de la Virgen, a tiro de piedra de la iglesia de la Virgen de las Angustias, le falta un año para convertirse en centenaria. Abrió en 1922 como fábrica de alpargatas y la familia que la llevaba, de La Zubia, aprovechó un rincón para montar una barra y servir vino. Una idea que terminó siendo tan rentable que, con el paso de los años, los zapatos de esparto fueron quedando relegados hasta desaparecer allá por los cincuenta. 

Lo cuenta Javier Castro, que está al cargo del local junto a su hermana Gracia. Pero no ha sido el primer dueño, naturalmente. Ese papel le correspondió a un hombre al que apodaban El Chipilín y después pasó a manos de la familia Granados. Sus gestores más conocidos fueron los de la tercera generación, los hermanos Diego y Luis, tipos muy peculiares que, por ejemplo, se repartían los clientes. «Si llegaba uno al que habitualmente atendía Luis y se acercaba a Diego, éste no se interesaba por él. Era de su hermano, no suyo», comenta entre risas el actual propietario. 

Era un sitio que funcionaba casi las 24 horas del día. Abría a las cinco de la mañana para servir café a quienes luego iban a la cercana parada de los tranvías, y podía quedarse carburando hasta las cuatro de la madrugada siguiente atendiendo a los parroquianos más remisos a marcharse. 

«Allí dentro se bebía vino, sobre todo, y al principio ponían para comer quisquillas, queso, tomate aliñado, alguna lata de berberechos y poco más», recuerda Castro, que tampoco se olvida, sería imperdonable, de que allí se inventó la receta del Mejorana, una mezcla de vinos que todavía se sirve. ¿Qué tiene? El hostelero no lo desvela, aunque ríe acordándose de que «en los últimos treinta años me han debido decir como veinte recetas distintas». Más en serio y como conocedor del paño, porque es sumiller, agrega que el secreto no es tanto qué tipo de vinos contiene como las proporciones en las que van mezclados. 

Javier Castro resalta que cuando se hizo cargo, hace menos de una década, su idea fue «revertir los elementos originales del bar y retomar así sus esencias». Aunque ahora la carta es más amplia y hay bastantes y buenas referencias de vinos. Es su impronta profesional, por así decirlo. 

Después de haber dado cobijo «a toda Granada» durante todos estos años, algo a lo que contribuyó decisivamente su cercanía con uno de los templos más emblemáticos de la ciudad, la taberna se prepara para soplar la tarta de los cien. Granados entra por méritos propios en este recorrido por los bares y tabernas de Granada. «Tenemos ideas y cosas preparadas para ese centenario, aunque con esto del virus no podemos garantizar nada. Ni siquiera que lleguemos, porque esto de cerrar a las seis y perder la clientela de la noche nos está haciendo mucho daño», lamenta. Pero llegará, por supuesto que sí. El Mejorana, y todo lo demás que hay entre esas cuatro paredes, merecen el esfuerzo. 

Comentarios en este artículo

  1. ¡Qué maravilla de artículo! Me apunto algunos de estos lugares emblemáticos que todavía no tengo el gusto de conocer 🙂

    Marta
  2. Genial!!!!

    Gonzalo
  3. Son varios de los muchos que se podían nombrar, pero es un gran reportaje

    Antonio Gutiérrez López
  4. Casa Enrique forma parte de mi vida. De niño, mi padrino y tío abuelo Enrique Tabourot.Aupecle,me mandaba a comprar vino a granel. He conocido a las 3 generaciones,Enrique padre era amigo y Enrique hijo mi tocayo y «sobrino»,Carlitos me ha vendido muchas cajas de Viña Ardanza y su compañera Silvia fué alumna mía. En esa capilla sixtina de las tabernas he tenido la gran suerte de conocer a escritores,pintores,cantaores,,filósofos….que me introdujeron en la Universidad de la vida. Soy de los que defienden que esa taberna no puede desaparecer y que forma parte del acervo cultural de Granada. Anda Enriquito, llena de barra a barra que está todo pagado,pon la penúltima que vamos que nos vamos chaval,ah y cortanos unas finitas de Guijuelo y nos cobras lo que tu quieras. Con afecto a todos los parroquianos irredentos que allí he conocido y un abrazo muy especial a la familia Martínez,que siempre me dió gloria bendita aunque me estrujara el bolsillo.

    Alberto Enrique Roldán Hernández

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