Vecinos ocupacionales del Realejo

El taller ocupacional de la calle Molinos, dependiente de FAISEM, presta servicio a personas con enfermedad mental grave para normalizar su vida y potenciar sus capacidades sociales.

C. es una mujer que hace vida normal en su barrio, el Realejo. Vive en un piso compartido y ayuda a su vecina a subir las bolsas de la compra, día sí, día no. Desayuna, va al supermercado de la calle Molinos, saluda a la gente que conoce. Y por las mañanas va a su taller en la calle Molinos, el Taller Ocupacional Molinos-Genil, a desarrollar actividades de comprensión lingüística, o trabajos artesanales, o a quedar para realizar paseos por los parques del Realejo. Tiene una enfermedad mental, pero no deja que domine su vida.

Todos los vecinos pasan por delante del escaparate de este centro, y ven los planetarios, las cajas de artesanía, juguetes y adornos elaborados por sus usuarios, también les conocen a ellos mismos. Los productos están a la venta, aunque no es su fin básico. Se vendan o no, se van a seguir haciendo en este taller. Depende de la Fundación Pública Andaluza para la Integración Social de Personas con Enfermedad Mental (FAISEM), y presta servicio a los usuarios de la casa hogar ubicada de la calle Antequeruela Baja y a los residentes en distintas viviendas supervisadas, personas con enfermedades mentales graves que comparten piso, diagnóstico y barrio. En total, en el Realejo hay más de 40 personas atendidas por FAISEM, si bien por las actividades del taller pasan entre 15 y 20 de ellas. “Una de las máximas premisas de este centro es la voluntariedad, que los usuarios que vienen quieran estar aquí”, explica Alicia Márquez, responsable de apoyo externo y centros sociales de la fundación. Mientras, detrás suyo, un grupo debate y bromea con Paco, uno de los monitores, sobre cómo relacionar “lámpara” y “aceituna” en pocas palabras. Otro usuario trata de pintar, y en otra parte de la sala un compañero acaba una perfecta casa en miniatura levantada ladrillo a ladrillo.

“Todo el mundo, alguna vez en su vida, debería dedicar un tiempo a hacer un trabajo con algún colectivo en riesgo de exclusión”

El taller ocupacional existe desde 1998, quince años ya. Abre todas las mañanas hasta las 13.30 horas y las tardes hasta las 21.00 horas. Dentro trabajan tres monitores y algún estudiante en prácticas. “Hacemos todo tipo de actividades. Talleres de memoria, sesiones deportivas en la piscina de Bola de Oro, dos veces a la semana recorremos parques del barrio donde haya máquinas para hacer ejercicios…”, detalla Silvia López, monitora ocupacional. El objetivo de estas dinamizaciones es “ofrecerles una referencia para su desarrollo, potenciar su recuperación y mejorar sus habilidades cognitivas, físicas o en las relaciones sociales“, añade Alicia. Pero más allá de los objetivos terapéuticos oficiales, con evidentes logros, este centro también ofrece a esos usuarios una ocupación beneficiosa para llenar esas horas que la enfermedad vacía. “Hemos notado una gran acogida del barrio desde el principio, incluso hay vecinos que están pendientes de algunos de ellos”, reconoce Alicia. Muchos viven con otras tres o cuatro personas en su misma situación, con un monitor de referencia, y cada uno tiene un plan individual. “Trabajar con ellos es enriquecedor, entiendes mucho mejor sus dificultades y te sensibilizas. Creo que todo el mundo, alguna vez en su vida, debería dedicar un tiempo a hacer un trabajo con algún colectivo en riesgo de exclusión“, recomienda la responsable de FAISEM. Silvia, por ejemplo, entró hace seis años a hacer prácticas porque un amigo le había recomendado hacerlas en este taller, y acabó convirtiéndose en monitora.

La financiación de este centro depende, fundamentalmente y como otros proyectos de FAISEM, de la llamada ‘Ley de Dependencia’, por lo que su desarrollo en el futuro está por definir, con un horizonte incierto. Desde el taller ocupacional agradecen la amabilidad del barrio y sus vecinos, que hacen posible la normalización de la vida de todos y la integración social, y solo piden “un poco de paciencia” con casos muy concretos que saben que por la gravedad de su enfermedad “pueden resultar molestos” en algunos momentos. Estigmas aparte, muchos de ellos, la gran mayoría, van a la compra, quedan para cenar, o van a misa o al gimnasio, incluso acceden a servicios de orientación laboral. Y con mucho mérito.

(17/13/2013)

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