Opinión

Charlie Hebdo no es de Granada

Jose A. Cano
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Periodista. Volviendo a casa. Sobrevivo como soldado de fortuna. Si usted tiene una noticia y quiere que se la escriban, tal vez pueda contratarme.

Charlie Hebdo no es de Granada.

Muchos de ustedes sabrán que esta provincia ostenta el honor de albergar a la revista satírica más denunciada de España, la célebre El Batracio Amarillo. Probablemente, de todas las publicaciones que en Granada hayan sido, es la que más se parece a lo que es Charlie Hebdo: humor corrosivo e insobornable, sin miedo a nada ni a nadie. Otros evocarán, en un registro más serio e informativo, a El Semanero, el proyecto de información independiente de dos periodistas granadinos de finales de los 80, que tuviese sus más y sus menos con Antonio Jara en sus últimos tiempos al frente de la alcaldía.

Recordemos también que con José Torres Hurtado como alcalde en el Ayuntamiento de Granada, sea en este o anteriores mandatos, se retiró la publicidad institucional a La Opinión de Granada y se intentó vetar a Radio Granada la entrada en ruedas de prensa y actos públicos tras difundir ambos medios informaciones críticas. Y está lo suficientemente fresco en la memoria el reciente episodio en el que se intentó ‘cortar el grifo’ a Ideal debido al enfoque de sus informaciones sobre el proyecto de estación de AVE en el Cerrillo de Maracena.

Finalmente, y de reciente resurrección en las redes sociales, está el caso del polémico ensayo Cásate y sé sumisa, del cual se pidió su secuestro y retirada de las librerías desde los ámbitos más progresistas de la política granadina. Por si acaso aclaro que el fondo y la forma del mismo me parecen rancios y retrógrados. Pero esa no es la cuestión. Las cosas con las que no estamos de acuerdo, las que nos molestan, las que nos critican, incluso las que nos puedan doler -normalmente porque son verdad-, también están protegidas por la libertad de expresión.

El respeto por los derechos no se demuestra cogiendo un cartel y pegando codazos para salir en primera fila de las fotos, sino ejerciéndolo en el día a día. Así es como un político se gana la credibilidad, no apuntándose a la causa que crea de moda, lanzando declaraciones rimbombantes o, ya que estamos en precampaña, prometiendo a destiempo, incluso cosas que ya prometió en anteriores mandatos o desde otras administraciones y más tarde ni siquiera intentó cumplir.

También, ya de paso, se podría hablar de los corresponsales en otros municipios de la provincia cuyo contrato depende del cuadernillo de publicidad o la cuña radiofónica encargada por el alcalde de turno, de las llamadas de asesores para  protestar porque tal periodista «les debe una» y «los tiene que tratar bien», o de las amenazas veladas en rueda de prensa sobre lo bien o mal que les podrá ir a los medios según la «política» que sigan.

Además de otros detalles del día a día en las relaciones entre políticos y medios, como indicar a los subordinados que no se hable con tal medio porque «es ajeno», no responder a las solicitudes de información formales vía gabinete de prensa si entendemos que tal redactor «no nos trata bien» o torcer el gesto ante una pregunta en rueda de prensa que obliga a dar explicaciones sobre el tema espinoso de la semana.

Porque si todo eso pasa y quienes lo ordenan o consienten luego van a una concentración en defensa de la libertad de expresión, eso indica que sólo lo hacen por ser la causa mediática de turno y lo que quieren es salir en la foto. Es decir, que en lugar de actuar por convicción, lo hacen por conveniencia, y lo mismo les da decir una cosa que la contraria.

Así que no, Charlie Hebdo no es de Granada. Pero qué bien nos vendría tener uno.

Comentarios en este artículo

  1. A los periodistas os gusta muchos llenaros la boca de libertad de expresión para poder excusaros y decir lo que os venga en gana. Y cómo os gusta echar balones fuera cuando unos de los primeros culpables de que las cosas estén así seáis vosotros, desinformáis en vez de informar, sesgáis la información que os viene en gana y contáis las cosas de la manera que los demás queréis que la vean, os atribuís un poder que no tenéis ni merecéis. En fin, qué voy a contar, vosotros mismos debéis daros cuenta de que vuestra credibilidad últimamente está por los suelos, aunque por desgracia se os hace demasiado caso.

    Miguel
  2. Toda la razón… y no ocurre sólo en Granada, que conste. Manel Fontdevila lo explica mejor que nadie en su viñeta de «El Diario»: http://www.eldiario.es/vinetas/dice_10_344115587.html

    Enrique Bonet
  3. Pedazo de artículo. Gracias por expresarlo.

    arturo
  4. Muchas gracias por el artículo. Me parece muy acertado.

    Rosa
  5. Está muy bien hablar de la clásica hipocresia de los políticos: que un político del pp hable de libertad de expresión, cuando en el gobierno central legislan para impedirla, es lo que toca.
    Pero los periodistas utilizan eso de la libertad de expresión para decir lo que consideran oportuno y generalmente coinciden con los gobernantes de turno o con quien creen serán los que corten el bacalao en un futuro próximo (observese la pugna por ser los cronistas oficiales de nuevas formaciones).
    Incluso los periodistas-trabajadores de medios públicos con posibilidad de cuestionar líneas editoriales, como canalsur y tg7, son voceros del poder, incuida la iglesia, sin objetar nada hasta que no hay despidos como en canal-9 valenciano o telemadrid.
    El periodismo como correa de transmisión de comunicados oficiales y proselitismo de instituciones, empresas, iglesia… es lo cotidiano en granada, muchos de los periodistas lo hacen con complicidad porque están perfectamente integrados en ese mecanismo que les hace sentirse protagonistas o directamente nos quieren confundir diciendo que son periodistas cuando son comerciales. Llegan a asesorar a candidatos a la alcaldía mientras se hacen ver en las iglesias durante semana santa dejando claro lo devotos que son.
    Podría decir que el hecho de criticar la hipocresia de políticos es lo normal y fácil. Una reiteración anodina.
    ¿…y la hipocresia de los «periodistas»?
    Es difícil salir de ese bucle que se ha ido gestando a lo largo de la historia, de toda la historia.

    de paso

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