El peor enemigo del pequeño comercio tiene nombre de virus

Desde que se levantó el estado de alarma, pequeño comercio ha facturado un 75% menos que en los primeros meses del año. El coronavirus se ha cebado con el sector, que ya de por sí atravesaba una profunda crisis desde 2008. Varios dueños de negocios de los barrios de la ciudad analizan el impacto de la COVID-19 en el comercio de Granada.

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Santos Gómez y Rosa Peralta llevan 26 años al frente de Zoco, en el barrio de Doctores, distrito Beiro. FOTO: Lucía Rivas

Bastantes pequeños comercios de Granada cerraron por culpa de la crisis económica de 2008. Otros fueron cayendo paulatinamente al no poder soportar la convivencia con las grandes superficies. Pero el peor enemigo del sector ha llegado ahora y se llama Covid-19, un virus que amenaza la supervivencia de cientos de establecimientos y la forma de ganarse la vida de miles de granadinos. La crisis no va por barrios; va por todos los barrios.

Santos Gómez y su mujer, Rosa Peralta, llevan 26 años al frente de Zoco, una tienda de ropa en el llamado barrio de Doctores, dentro del distrito Beiro. Él es además vicepresidente de la Federación Municipal de Comercio y aporta datos sobre la dimensión del problema. «Sólo un 35% de los comercios del distrito han reabierto desde el confinamiento y su facturación, en estas ocho semanas, ha sido un 75% inferior a la de los primeros meses del año, que ya de por sí fue mala». El dato, asegura, es «perfectamente extrapolable» al resto de la ciudad. «Así lo hemos podido constatar».

Gómez sostiene que el pequeño comercio, en esa zona, ha vivido en una crisis continuada desde hace más de una década. «Primero vino la crisis de 2008, que fue muy fuerte. Para que nos hagamos una idea, nosotros teníamos once tiendas y cerramos diez entre 2008 y 2014. Después, en 2016, con la desfusión hospitalaria, desmantelaron el Hospital Clínico y se llevaron la facultad de Medicina, con lo que se perdieron seis millones de visitas y cerraron unos 400 locales de los 2.200 que seguían en pie. Ahora ha venido el tercer virus, o el virus en sí, y muchas tiendas ni siquiera han abierto cuando han podido y los que estamos abierto no tenemos ni para pagar los gastos. En nuestro caso, nos estamos planteando muy seriamente cerrar en octubre o noviembre».

Lo dice con más resignación que tristeza, ya tiene el cuerpo hecho. Su mujer, que es la que lleva la tienda en el día a día, también. «Ahora por las tardes ni abrimos, porque para qué. El barrio entero está cerrado por las tardes, esto está muerto», señala.

Un gremio castigado no sólo por la COVID-19

Si en Beiro llueve sobre mojado y ha habido una sucesión de crisis, algo no muy distinto puede decirse de un gremio con el que se han cebado los últimos (malos) tiempos, que es el de las tiendas de discos. Marcapasos, en la calle Duquesa, dentro del distrito Centro, tiene más de cinco lustros de historia y ha capeado un temporal tras otro «a base de trabajar muchísimo, de echarle cada vez más horas. Que es lo que vamos a tener que seguir haciendo: trabajar mucho más y ganar menos dinero». 

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Lola Rosales es copropietaria de Marcapasos, una tienda de discos ubicada en pleno Centro de la ciudad. FOTO: Lucía Rivas

Lo cuenta Lola Rosales, copropietaria de la tienda junto a su marido, Pepe Mármol. Ellos, como todos, tuvieron que cerrar cuando se decretó el estado de alarma, pero algunas semanas después empezaron a vender por internet, primero con mucho cuidado «porque no sabíamos si el virus se podía propagar así», y después con más confianza, tratando a su vez de transmitírsela a sus clientes, «de intentar que no decreciera su pasión por la música, porque con música se vive mucho mejor».

Eso sí: el mensaje enternecedor tuvo que llegar acompañado de alguna ventaja para el usuario y Marcapasos se encargó de costear los gastos de envío, con lo que redujo su margen de beneficios en un momento en el que además la tienda estaba a tope de mercancía «y de facturas por pagar». Porque el obligado cierre ha coincidido con meses de bastante actividad, de bastantes lanzamientos y, sobre todo, de la celebración del Record Store Day. Que estaba previsto para abril pero que este año se ha retrasado al 29 de agosto.

Todo fue muy duro, pero se compensó, al menos parcialmente, cuando, tras la reapertura, los clientes, «que en su mayoría, con el tiempo, se han convertido en amigos», volvieron a acudir «y veíamos que a algunos hasta se les saltaban las lágrimas, lo que dice mucho de su fidelidad y su cariño». 

Ahora, Marcapasos trabaja de otra manera. Por supuesto, más. «Le echamos casi quince horas al día seis días por semana», subraya Lola Rosales. Y trata de llegar a todos los rincones gracias a su web y a sus redes sociales, herramientas que, como indica la copropietaria, «son muy útiles y todo lo que se quiera, pero más para el comprador que para nosotros, a los que la tecnología, a la postre, lo que nos da es más trabajo». 

Otro varapalo para Camino de Ronda

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Nadia Ocaña regenta la mercería con su nombre en el distrito Ronda. Los clientes le piden servicio a domicilio. FOTO: Lucía Rivas

Cambiando de barrio, pero no de problema, hay que hacer parada en el distrito Ronda, que después de lo que sufrió durante las obras del metro, que obligaron a cerrar la persiana a un buen número de comercios, se había recuperado en buena medida. Por eso, lo de estar más de dos meses cerrado fue muy duro para emprendedores como Nadia Ocaña, que regenta la mercería Nadia, en el tramo en el que la calle Arabial casi se funde con el Camino de Ronda. 

Después de dos meses «con la tienda cerrada y cero euros de ingresos», la mercería vuelve a funcionar, pero también hay cosas que no son igual. Por lo pronto, algunos clientes «están como asustados, no quieren entrar a probarse, tienen miedo». Aclara que, al contrario que en otras tiendas donde no permiten usar los probadores, en la suya es perfectamente legal y no hay ningún riesgo de contagio porque la ropa está desinfectada. 

A eso se añade que otros antiguos usuarios ahora prefieren una suerte de servicio a domicilio. «Me llaman por teléfono y me piden que vaya a sus casas a llevarles esto o lo otro, porque no quieren salir». Un artículo que, por razones obvias, ahora se vende mucho, es la goma para las mascarillas. «Así que, cuando cierro aquí, a lo mejor me paso una hora yendo a un sitio y a otro para llevarles las gomillas y ganar dos euros con eso», dice, sin ocultar que en realidad le pasa como a los demás: trabaja más para ganar, con suerte, lo mismo. 

Con suerte porque hay artículos que ahora vende menos. Le ocurre con los camisones, los pijamas o los bañadores. Le está salvando, por así decirlo, la ropa interior. «Las bragas y los calzoncillos los seguimos usando todos los días», concluye, medio en broma. 

Ruido y miedo junto a las obras del eje Arabial-Palencia

Miriam Peregrina trabaja en una perfumería que mantiene su nombre original (Piluca) pero que a su vez forma parte de la cadena de tiendas de Ana PIlar. Está casi donde la Avenida Dílar, la arteria comercial del Zaidín, se une con la calle Palencia, que ahora es un manantial de ruido y polvo debido a las obras que se realizan en el llamado eje Arabial-Palencia. Unas obras que obligan a la dependienta a pasar la escoba con mucha más frecuencia que antes, porque aquello se pone negro, y que provocan además contratiempos como que se corte la conexión de internet. En cuanto a si los comercios serán recompensados por todo ello, la trabajadora asegura que no tiene «ni idea» de ese extremo. 

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Miriam Peregrina trabaja en la perfumería Piluca, en la zona del Zaidín afectada por las obras del eje Arabial-Palencia. FOTO: Lucía Rivas

El establecimiento no llegó a cerrar pese al confinamiento porque, resalta, «aquí vendemos productos de primera necesidad». Estuvo provisto siempre de mascarillas y guantes pero aun así la clientela se resintió. «Venían menos y con más recelo». Es curioso, pero cuando la gente habla de ese periodo, pese a lo reciente que ha sido, tiende a hacerlo como si fuera ya un pasado muy lejano.

Ese miedo, lo que son las cosas, ha desaparecido con la llamada nueva normalidad. «Tenemos que llamarle la atención a mucha gente porque entra sin mascarilla y claro, nos vemos obligados a decirles que así no van a ser atendidos», indica, y añade que aunque la clientela es ahora mayor que hace tres meses «tampoco se puede decir que haya vuelto a su nivel habitual».

De seguir así las cosas, desde luego es complicado que vuelvan a ser tres los empleados, como antes. Más lógico parece que sigan siendo dos, como ha ocurrido en estos meses tan complicados. Miriam Peregrina lo asume, aunque en realidad prefiere no pensar mucho en el futuro. «No sé cómo vamos a estar en unos meses, me parece difícil hacer un pronóstico», finaliza.

La maquinilla en casa como competencia

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Fernando Lara asegura que durante el confinamiento la clientela optó por maquinillas y se ha acostumbrado. FOTO: Lucía Rivas

A decir de muchos, hay dos tipos de negocios que nunca desaparecerán, que son las peluquerías y las funerarias. Porque mientras vivamos siempre necesitaremos cortarnos el pelo y porque, después de todo, terminaremos yéndonos al otro barrio, si es que lo hay. 

Pero ni siquiera lo primero es del todo cierto. Fernando Lara está al mando de la peluquería Lara, en el barrio de La Chana, y comenta que, durante el obligado aislamiento en casa, no pocos clientes habituales han recurrido a la maquinilla «y ya se han acostumbrado a ella y han dejado de venir. Ahora me dicen: ¿esperamos ya hasta septiembre, no?»

El de los peluqueros es un gremio que vivió con especial inquietud los primeros días del estado de alarma, porque al principio parecía que podían abrir y después se decidió que no proporcionaban un servicio esencial. Eso sí, se les autorizó a volver a su actividad antes que a otros.

«Fue una locura, porque al principio nos dijeron que sí, luego que no… Al final estuvimos cerrados mes y medio y no me ha quedado otra que tirar de ahorros», relata, y recurre al paliativo para añadir que el local es de su padre y no tuvo que pagar el alquiler. «De lo contrario, a lo mejor no habría tenido ni para comer». 

No está al nivel de antes, en parte por las maquinillas caseras, «que no las usan uno ni dos» y en parte porque se han ido los estudiantes de fuera. «Me he tenido que apretar el cinturón, pero mucho. Este mes pasado, después de pagar el autónomo, me han quedado veinte euros. Esto es trabajar para subsistir. Espero que la situación se reactive algo después de septiembre, pero no puedo estar seguro», resume. 

 

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