Opinión

Mi alma nunca será vencida: 25N

La jurista Ana Silva, especializada en género y realizando su tésis doctoral actualmente en la Universidad de Granada, reflexiona sobre las limitaciones de la Ley de Violencia de Género y las carencias en educación al respecto.

Ana Silva Cuesta
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Jurista. Realiza su tesis doctoral en la Facultad de Derecho de Granada sobre la mutilación genital femenina desde la perspectiva jurídico-penal y de género. Escribe sobre mujer, migraciones y violencia de género. Colabora con colectivos de mujeres inmigrantes en su integración social.

Ilustración de Doaa El Adel. Fuente: Revista Espéculo.

Ilustración de Doaa El Adel. Fuente: Revista Espéculo.

Como mujer, como ser humano y como jurista, no puedo aceptar que hoy, y exclusivamente hoy, sea considerado como Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer. Todos, absolutamente todos los días del año, deberían ser días para oponerse a la violencia hacia la mujer -y también hacia el hombre- y para construir la convicción social del No al maltrato, del Basta Ya e impulsar desde la individualidad el cambio de conciencia que requiere un nuevo paradigma de convivencia.

Dentro de unos días se cumplirá el décimo aniversario de la promulgación de la Ley Integral de Protección a las víctimas de violencia de género. Y si el Derecho nace para proteger a la sociedad de forma preventiva, es el momento de preguntarse porqué diez años después del nacimiento de la Ley Integral, el registro de mujeres asesinadas víctimas de violencia de género camina hacia la cifra de 800 casos. Probablemente la Ley Integral, pese a sus deficiencias técnicas, no sea tan mala como algunos han apuntado. Pero sin duda, está fallando algo tan esencial como su aplicación práctica. Una ley que se aplica cuando ya no hay nada que hacer, forzando a los jueces y fiscales a encontrarse de frente con maltratadores o directamente con asesinos (en ambos casos autores de delitos de violencia de género), anula a las víctimas y causa el sopor social de la alarma anestesiante.

Y así es como andamos, anestesiados. Ciegos, mejor dicho. O casi anulados. Las víctimas son cada vez víctimas de forma más grave. Y los maltratadores tienen cada vez más espacio para el maltrato y la violencia. Porque precisamente hemos dejado de prestar atención a lo que verdaderamente podría haber salvado a muchas de las mujeres asesinadas: la prevención. El Derecho debe anticiparse al delito a través de medidas preventivas tan esenciales como la educación. El drama viene de la falta de educación en igualdad y de la ausencia de una apuesta fuerte por la autoestima de cada niña y de cada niño desde los niveles más básicos del ciclo escolar. Una sociedad que educa a sus hijos para el conocimiento académico antes que para aprender a ser personas dignas y a desarrollar el buen trato en las relaciones personales, está condenada al fracaso y a la producción de víctimas de violencia de género. Es ahí donde se encuentra la raíz del problema.

Mientras sigamos con los ojos cerrados, miles de adolescentes serán sometidas diariamente a chantaje emocional, miles de mujeres sentirán el peso de la invisilidabad a la que condena la violencia psicológica y física, y otras tantas serán asesinadas.

Si acaso hoy no es un día de celebraciones, sí lo es -y de manera amplia- para conmemorar la lucha diaria de cientos de personas que desde la conciencia y el sufrimiento propio y ajeno, están trabajando para vencer la pandemia de la violencia de género. Me refiero a toda esa tribu de madres, padres, maestros, maestras, profesoras y profesores, hijas, jueces, fiscales, trabajadores sociales, hermanas, abuelas, amigas, amigos, comapañeros, que, pese a la complejidad del asunto, gritan NO a la violencia y siembran en sus contextos -desde el amor- la semilla de la igualdad.

En todas ellas y ellos pienso hoy. Y siento que su labor está representada en la viñeta de la egipcia Doaa El Adel que acompaña a estas palabras. La ilustración muestra a una joven navegando sobre un pequeño barquito en un mar furioso y embravecido, lleno de manos que la quieren devorar. Sobre la vela se lee: “Mi alma nunca será vencida”. He ahí donde se encuentra el futuro y la esperanza.

Comentarios en este artículo

  1. Genial artículo!

    Ester
  2. Enhorabuena, no puedo estar más de acuerdo. Cada una de tus palabras tienen eco para mi, el mismo que tendría que expandirse por la humanidad.

    Inmaculada Jiménez Gamero

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