Sólo puede pasar uno… y el coche es más fuerte

En muchas zonas de la ciudad de Granada hay puntos donde la convivencia entre vehículos y peatones resulta casi imposible. El diseño de muchas calles hace que quien va a pie siempre tenga las de perder. El problema no se circunscribe a los barrios históricos, también ocurre en el centro de la ciudad.

Es tan obvio que Granada sufre un serio problema de tráfico, que no hará falta redundar más en ello. Como tampoco en los efectos más tangibles que provoca, empezando por la contaminación y siguiendo por el ruido. Pero es que el trafico que soporta la ciudad no sólo tiene efectos nocivos sobre el medio ambiente, sino que también genera continuamente una sensación de malestar. La que se deriva de la difícil convivencia, por no decir imposible, entre el coche y el peatón.

Hay en Granada un montón de calles donde, sencillamente, un vehículo y un viandante no caben a la vez. Y en este punto, a todo el mundo se le vendrá a la cabeza el Albaicín, un conjunto de calles intrincadas y estrechas que ya existían muchísimo antes de que se inventara el coche. Allí hay espacios, como la calle San Juan de los Reyes, donde hay una señal que avisa de que una furgoneta o un 4×4 directamente no caben. 

Pero es que el problema no se circunscribe a ese histórico barrio, ni tampoco se traslada únicamente a otros lugares con calles angostas, como la parte alta del Realejo, ni se reproduce en puntos muy concretos y de menos tránsito como el tramo final de la Avenida de Las Palmas, llegando casi a la Carretera de la Sierra. En el centro puro y duro es posible (y desagradable) encontrar ejemplos de esta terrible cohabitación. Aquí se detallan unos cuantos. 

Calle Santiago

Una de las más transitadas del barrio del Realejo. Cualquiera que haya caminado por sus aceras, sobre todo por la izquierda en dirección al centro, se habrá dado cuenta de que no puede ir a sus anchas. Dos personas juntas no caben, y ni siquiera una podrá andar sin invadir la calzada la que ande por el tramo entre el cruce con Comendadoras de Santiago y el desvío a la calle Aguado. Allí llega a desaparecer, literalmente. Y en ese mismo sitio, pero en la acera de enfrente, la situación es sólo un poquito mejor. 

La calle Santiago, en el Realejo, en un tramo en el que una de las aceras desaparece. Fotos: Jesús Ochando

Si el peatón se encuentra en ese momento con un microbús que vuelve de la Alhambra (y lo cierto es que circulan por allí con una frecuencia extraordinaria, cada cinco o diez minutos como mucho), lo suyo es que se detenga, se arrime a la pared y espere acontecimientos. Sobre todo si va cargado con bolsas o lleva un carro de niño pequeño. 

Es además una calle en la que, porque no se fijan en los carteles o lo que sea, no pocos vehículos circulan bastante más rápido del límite de velocidad autorizado, treinta kilómetros por hora. No son los autobuses los únicos enemigos allí. También pasan furgonetas y camiones de reparto de gran envergadura que lo llenan todo con su presencia. Y no es una frase hecha. 

Nicuesa

Es una calle muy utilizada por los conductores porque conecta con facilidad el Paseo del Salón con la Plaza Mariana Pineda. Hasta ahí, todo bien. Pero el problema es que carece de aceras. Tiene bolardos y la función de éstos viene a ser doble: impedir el estacionamiento y ejercer de parapeto de los que circulen por allí andando, que no son pocos porque es una zona con bastantes vecinos. 

Cecilia López es una de ellas y ha comprobado muchas veces que «si el coche y el peatón no se andan con cuidado, hay un claro riesgo de atropello». Menciona, por ejemplo, lo mal que lo pasan «señores mayores que van con silla de ruedas o personas con carritos de bebé. Se les ve agobiados, buscando un refugio como pueden, porque es que la cosa es tan sencilla como que aquí no caben a la vez dos personas por la acera, que en realidad no es acera, y un coche». 

En la calle Nicuesa no hay aceras, pero sí bolardos que ponen en peligro las rodillas de los peatones.

Los bolardos para su gusto, no son una solución sino más bien un problema «porque hay que ir esquivándolos cada tres pasos». A lo mejor sí lo sería la peatonalización, aunque reconoce que, en esa zona, supondría «desviar el tráfico a otras calles que pueden estar aún peor, porque tienen ángulos más estrechos». Entiende que, al menos, sí que se les debería advertir a los conductores de que por allí no vale correr bajo ningún concepto. «Pero con resaltos no, por favor, que hacen mucho ruido», ruega. 

Elvira

Aquí tampoco hay mucho que rascar, pedir su peatonalización suena a utopía porque funciona como alternativa para mucho tráfico al que le está vedado pasar por la Gran Vía en dirección a Reyes Católicos. Y entre los usuarios, pues hay de todo. Desde luego turismos, pero también grandes furgonetas. 

Cuando pasan, y eso quiere decir casi de continuo, los que van a pie no tienen otro remedio que andar en fila india por la acera (cuando existe, que esa es otra) y encogerse metafóricamente mientras respiran gases tóxicos e inundan sus tímpanos de ruido. Es,  por añadidura, una calle con bastantes comercios y bares, especialmente en el tramo más próximo a la Plaza Nueva.

En la calle Elvira conviven el tráfico pesado y los sufridos peatones.

Es cierto que a esas alturas una pilona ya ha actuado como selectora de tráfico y el tránsito es más llevadero, pero antes de llegar ahí, a las espaldas del antiguo Banco de España, ahora sede de la Fiscalía, se forma un cuello de botella muy peligroso. 

San Jerónimo

Otra calle con un volumen de tráfico por encima de sus posibilidades y en la que las aceras, o son mínimas, o no están. Eso último se aprecia en la parte más estrecha de la vía, llegando ya a la fachada lateral de la catedral. 

Es una zona comercial y está muy próxima al mercado de San Agustín, lo que implica bastante movimiento de tráfico pesado. Tiene además una salida hacia la Plaza de la Romanilla, utilizada durante el horario laboral para carga y descarga por decenas de usuarios.

San Jerónimo es otro ejemplo claro de la difícil convivencia entre personas y vehículos.

Ese cruce no es demasiado holgado, lo que obliga a los camiones más corpulentos a hacer una maniobra que, de manera casi inevitable, produce un embotellamiento. No mejora el conjunto el hecho de que sea un sitio muy visitado por locales y turistas. A nadie se le ve muy a gusto, por resumir. 

Horno de Abad

Para muchos conductores es el camino ideal para llegar desde el Carril del Picón (o desde la calle Sócrates, que cruza con ella por abajo, o llegado el caso incluso desde el Camino de Ronda) hasta la Plaza de los Lobos. Por desgracia para ellos, muchos sufridos ciudadanos también la utilizan porque es verdad que les supone un atajo. Ahora bien, cada vez que lo hacen lamentan su suerte, porque allí las aceras son también un hilillo. 

Hugo Villar, que regenta una tienda de cosmética natural en la esquina de Horno de Abad con Lavadero de Tablas, ve lo que pasa todos los días. «Aquí la convivencia entre coches y personas es imposible. La gente que tiene movilidad reducida corre serio riesgo. Y la que no, pero vaya andando y pensando en las musarañas, también», dice, acudiendo a la broma para quitar hierro. 

Desde su local, a muy pocos metros, se ve el balcón de un primer piso con desconchones notables. Se los han producido «furgonetas y camiones de reparto muy altos que, porque no conozcan esto o porque se hayan despistado, han chocado. Algunos hasta se han quedado empotrados y mientras los sacaban se ha formado un atasco tremendo. Un espectáculo, pero desde luego nada bonito», continúa. 

Varios camiones y furgonetas de reparto se han empotrado contra balcones de la calle Horno de Abad.

A su juicio, la solución podría llegar con una peatonalización «que no es imposible, porque convertir calles céntricas en peatonales está siendo la tendencia», o en su defecto con una «mejor organización» del tráfico en esa zona, «porque aquí se concentra todo y en otras calles adyacentes apenas pasa ningún coche». 

La visión profesional

«Hay espacio para todos y tenemos que organizarnos», resume Mariela Fernández, directora técnica de La Ciudad Accesible, una organización que lucha por la inclusión social de colectivos con necesidades especiales y que entiende que lo primero que hay que dejar claro es que las ciudades «son de las personas y no de los coches».

Una vez asentada la idea de la «prevalencia del peatón», el colectivo aboga, en calles como las mencionadas anteriormente, trabajar «por plataformas únicas, de forma que todo esté en el mismo nivel». Porque, como se encarga de recordar Mariela Fernández, una acera destrozada «puede ser peor que la ausencia de acera». En cuanto a los bolardos, a menudo «sirven más para lastimar rodillas que para otra cosa». 

En Granada, recuerda, ha habido «experiencias con éxito», como las actuaciones en la calle Puentezuelas o la Plaza de la Trinidad. Son antiguas, eso sí. Entiende que en los diez últimos años la capital se ha quedado «un poco estancada» mientras que en el Área Metropolitana sí se ha trabajado más «en una línea que por otra parte es la tendencia generalizada y que busca la humanización de las ciudades, ser más amable con el peatón, darle más espacio a las personas. Granada lo hizo bien en su momento pero le hace falta un nuevo avance», recalca. 

Además de todo lo anterior, las recetas de La Ciudad Accesible serían, según su directora técnica, estas otras: «Concienciación ciudadana, control estricto de la velocidad y, aunque no nos guste recomendarlo, multas a quienes incumplan las normas, porque está demostrado que la acumulación de sanciones por infracciones sirve». 

 

 

 

 

 

 

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