La casa del miedo

Mª Dolores Santos, una vecina del Albaicín, ha enviado a GranadaiMedia este interesante artículo sobre la historia de la “Casa de la Hornacina”, en la placeta del Conde, hasta hace unos años la vivienda del ex alcalde Gabriel Díaz Berbel, sobre la que circuló la leyenda de un fantasma.

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La fachada principal de la casa de la Hornacina, hoy en venta.

Hubo en Granada numerosas casas a las que se llamó “casas del miedo”, casas que atemorizaban a los niños y a los no tan niños, y que servían para contar historias con que entretener las noches de invierno junto a las chimeneas o las noches calurosas en los patios de vecinos. Algunas de dichas casas estaban en el Albaicín, lugar donde se aunaban la antigüedad y el pasado moro. La conjunción de estos ingredientes daban pie a todo tipo de historias y leyendas entre las que se incluye la que traemos hoy a nuestros lectores rescatada de un número de la revista Granada Gráfica correspondiente a Diciembre de 1926. Se refiere a la renombrada “casa de la hornacina” de la Placeta del Conde -llamada así por la bella hornacina barroca con que adornaba su fachada-, rincón preferido por artistas como Isidoro Marín Garés, magnífico pintor y acuarelista, o el gran maestro del color que fue Joaquín Capulino Jaúregui. El primero de ellos nos enseñó la recóndita plaza animada por unos titiriteros que ofrecen su arte a los vecinos, el segundo la captó en completa soledad un día de ardiente verano. En la actualidad, la “casa de la hornacina” está en venta después de haber sido remozada. En ella vivió hace unos años el ex alcalde de Granada, Gabriel Díaz Berbel, desconocedor de los inquietantes sucesos que tuvieron lugar hace mucho tiempo entre aquellas paredes, y que sin más dilación reproducimos a continuación.

 

La Casa de la Hornacina

En la despoblada y solitaria plazuela de Conde, en el Albaicín, existe una única casa, de apariencia humilde, que adorna su vieja fachada con una gran hornacina, en la cual nunca faltan flores y luces en honor de la Santísima Trinidad, según puede verse por el cuadro que muestra.

Esta casa, que hasta no hace muchos años presentaba su fachada pintada al “fresco”, y en su interior conservaba valores artísticos que la avaricia de los cultos pillos convirtió en dinero, fue un antiguo y aristocrático palacete árabe. A raíz de la Reconquista, y al empezar a despoblarse el Albaicín, dicha casa fue comprada para retiro del viejo capitán D. Alvaro de Lope e Hinestrosa.

Este buen señor, carente de familia y achacoso de salud, hacía una vida misteriosa

Este buen señor, carente de familia y achacoso de salud (gastada durante el cerco de la ciudad), hacía una vida misteriosa, pues jamás se le veía en la calle, a excepción de los domingos, que salía muy temprano a oír misa en la erpróxima parroquia de Santa Isabel de los Abades. Vivía completamente solo; una vieja dueña iba todas las mañanas, hacía el arreglo de la casa, y del mercado de Puerta Nueva le llevaba las viandas del consumo.

Así transcurrió el tiempo, hasta que cierto día llegó la dueña, y, en vista del silencio obtenido ante sus insistentes llamadas, dio aviso a la justicia, la cual se presentó provista de un cerrajero, y “habriendo (sic) la casa encontraron al capitán tendido en el lecho y sin vida…”

Fama tenía el difunto de riquezas, pero, como carecía de familia, la justicia se apoderó de la casa y, efectuado un minucioso registro sólo halló una pequeña cantidad, en monedas de oro, conservada en el fondo de un arcón.

Dióse cristiana sepultura al pobre capitán, la justicia quedó en posesión de los bienes, y los vecinos tuvieron para murmurar durante muchos días.

Titiriteros en la plaza del Conde, del pintor Isidoro Marín Garés, donde se puede ver la casa de la hornacina.

Largo tiempo estuvo la casa cerrada, hasta terminar los trámites judiciales consentidores de la venta en pública subasta; pero he aquí, que entre los vecinos de San Luis empezó a cundir la noticia de que en la casa había miedo, declarando, personas de cierta seriedad, haber sentido ruido de cadenas y lúgubres lamentos, asegurando que, a altas horas de la noche, un fantasma salía por los huecos de la casa …

La Real Chancillería ofreció la casa de forma gratuita a fin de desterrar el pánico
Ante tal leyenda se hizo imposible la venta del inmueble, y los señores de la Real Chancillería ofrecieron la casa para habitarla gratuitamente, a fin de desterrar el pánico que se había apoderado de los moradores del Albaicín; pero, a pesar de tal ofrecimiento, nadie se presentaba.

Por aquellos días fue nombrado alguacil un tal Cosme Corchuelos, el cual había prestado grandes servicios a la justicia y se le tenía por hombre de extraordinario valor. Enterarse Corchuelos de la fantástica leyenda y presentarse a los oidores, todo fue uno.

“Yo -dijo- me encargo de deshacer tal patraña. Esta misma noche me quedaré en la casa; que ronden sus alrededores unos cuantos corchetes y que acudan en caso de yo necesitarlos. Ya veremos si existe el fantasma”.

Encontraron a Corchuelos completamente oculto y a punto de asfixiarse entre las mantas del lecho

Acabadas de dar las diez de la noche y ante la admiración de seis corchetes que quedaron de ronda en la plazuela, el valiente Corchuelos se introdujo en la casa. La noche transcurrió sin novedad y, en vista de que el sol doraba ya los altos miradores y el alguacil no daba señales de vida, la ronda decidió registrar la casa. Con la animación que da la luz del día, penetraron en el edificio, registrándolo todo, y, después de grandes esfuerzos, encontraron a Corchuelos, que estaba completamente oculto y a punto de asfixiarse entre las mantas del lecho.

Momentos después, en el cuerpo de guardia de la casa de los Medallones, en la Plaza Larga, y tras de apurar un trago de aguardiente, Cosme explicó:

“¡Por mi fe!, os juro que en esta ocasión creo en las almas en pena y en los aparecidos”

“Yo jamás he sido cobarde y he creído siempre que los trasgos y fantasmas son hijos de la fantasía de ruines y miedosos; pero, ¡por mi fe!, os juro que en esta ocasión creo en las almas en pena y en los aparecidos … El que dude de los que voy a decir, que se preste a la prueba. Cuando penetré en la casa, provisto de mi linterna, recorrí sus habitaciones y cerré cuidadosamente los pestillos de sus puertas; me introduje en la alcoba, cuyo balcón da vista a la placeta, y lo entreabrí para poder avisaros con prontitud; me tendí en la cama y esperé … El sueño se apoderó de mi; no sé cuánto dormí; lo que sí os puedo asegurar es que desperté sobresaltado; estaba completamente a oscuras; intenté incorporarme para asomarme al balcón, pero sin saber por qué, un miedo pavoroso se apoderó de mi y no tuve alientos para levantarme … Acababa de sentir un golpe seco en el corredor … Conteniendo hasta la respiración, oí, clara y distintamente, unos pasos que se acercaban, siguieron por la sala y los sentí perderse por la escalera … Un sudor frío inundó mi rostro, y, antes de dar tiempo a reponerme y llamar, volví a sentir los pasos subir por la escalera, haciéndola temblar, pasar el corredor y penetrar en la sala … No había duda de que era un ser invisible, puesto que no necesitó abrir para entrar; pero mi terror llegó al colmo cuando oí los pasos penetrar en la alcoba, y, al débil rayo de luna que entraba por la rendija del balcón, deslumbró mis ojos una figura blanca y transparente … Quise gritar y preguntarle quién era y qué quería; mas mi lengua enmudeció y creo que perdí el conocimiento, pues no recuerdo más hasta que llegasteis por mi …”.

Cuando terminó su relato el alguacil, gotas de sudor humedecían sus sienes y la palidez de la muerte se reflejaba en su semblante.

Los familiares del Santo Oficio acordaron dar una batida para averiguar lo que de cierto hubiese

Después del testimonio dado por Corchuelos, no quedó duda de que un gran misterio existía en la casa; y a tal extremo llegó este asunto, que, enterados los familiares del Santo Oficio, con la astucia que los caracterizaba, acordaron dar una batida en determinada noche y averiguar lo que de cierto hubiese.

La campana mayor de la Colegiata del Salvador tañó a las ánimas. Ante la fachada de una casona, en cuya hornacina se adivinaba la Faz de un Cristo, un farol agonizante apenas producía un punto de luz, balanceándose a impulsos del viento, que silbaba entre las viejas murallas de la Cadima. A este tiempo abrióse, silenciosa, la puerta de la casona, y entre las sombras fueron apareciendo hasta trece bultos negros, algunos de los cuales, y a impulsos del aire, dejaba asomar, entre los pliegues de la capa, una linterna … Tan fantástica comitiva cruzó la Plaza Larga, subió por la calle del Agua a la placeta de los Muñoces, torciendo hacia las Tres Estrellas e, internándose en el angosto callejón del Blanqueo Viejo, desembocó en la plazuela del Conde.

Detúvose el grupo un momento ante la deshabitada casa, y, a una señal convenida, acercáronse los trece hombres a la puerta y descubrieron las linternas para introducir la llave; pero cuál no sería el asombro de todos, al encontrarla abierta.

Algo de terror se apoderó de los esbirros, dudando todos sobre cuál había de entrar el primero; y con la muda comprensión de lo que no queremos demostrar, penetraron todos a un tiempo. Una vez en el patio y ocultas las linternas, aguardaron silenciosos, replegados en la sombra profunda del senador (sic). Más de dos horas transcurrieron sin que se oyera el menor ruido … A poco, el aire trajo hasta ellos las graves campanadas de San Salvador y los alocados repiques de las Tomasas. Eran las doce de la noche … El silencio, profundo …

 “Señor Corchuelos, lo que contasteis fue hijo de vuestro miedo o lo concebisteis bajo el influjo del vino”

Los corchetes contenían hasta la respiración, no sabemos si de miedo o por temor a que el fantasma se espantara … En vista de que el tiempo transcurría y dudando de la veracidad de la leyenda, uno de los bultos se acercó al que parecía ser el jefe, y le dijo: “Señor Corchuelos, yo creo que cuanto vos contasteis fue hijo de vuestro miedo o lo concebisteis bajo el influjo del vino … Al amanecer daréis cuenta de vuestras patrañas ante el Santo Tribunal …”.

El familiar que así hablaba, no pudo terminar; un ruido subterráneo se dejó oír, al par que una blanca silueta se dibujó en el hueco de una ignorada puerta al fondo de la galería … Imposible es describir la confusión que se formó. el primer intento de los corchetes fue huir, y hasta hubo alguno que, lleno de pavor, se lanzó a la calle, dando voces de “¡Favor, en nombre del Rey!”, escandalizando a los vecinos, quienes, en vez de acudir, se acurrucaron entre las ropas del lecho. Mientras tanto, otros, más animosos, avanzaron sobre el fantasma, que, hallándose sorprendido y no teniendo tiempo de huir, recibió la furiosa cometida de las espadas de los esbirros … Un grito de muerte resonó y el fantasma cayó sin vida al suelo.

Resultó ser un pillo llamado Mascafierro, que tenía cuentas pendientes con la justicia

El encantamiento de la casa quedó deshecho; descubierto el fantasma, resultó ser un pillo llamado Mascafierro, que tenía cuentas pendientes con la justicia, y antes de morir declaró que servía a cierto señor magistrado, prestándose a hacer el papel de fantasma mientras aquél sostenía pláticas amorosas con cierta linajuda dama que habitaba la finca colindante y por la cual comunicaba la secreta puerta de la galería del patio.

El Santo Tribunal echó tierra al asunto del magistrado y, para dar satisfacción al pueblo, quemó el cadáver de Mascafierro.

Tal fue el desenlace que dio al asunto, aquel Tribunal, cuyo fanatismo cubrió de humeantes restos humanos media Europa.

En la Casa de la Hornacina hubo establecida una fábrica de sombreros para sacerdotes

Todavía, en los tiempos en que fue puesta la hornacina (Un mosaico policromado que sirve de remate a la ornamentación de la hornacina, dice: “Alabada sea la Stma. Trinidad.- Ave Maria Gratia Plena.- Casa num. 4. Año 1778”), Granada era rica y poderosa. Sus tejidos y sus sedas eran estimados en todas partes, y el corazón era el Albaicín, ese viejo barrio, hundido hoy y entregado a gentes extrañas e incultas que siguen encizañándose en sus ruinas, sin saber que es la antigua jurisdicción que guarda “un poema sagrado por los siglos y las generaciones”.

En estos últimos años, antes de llegar a la completa transformación, en la Casa de la Hornacina hubo establecida una fábrica de sombreros para sacerdotes, cuando la industria principal de Granada era la de sombrerería, de la cual existían muchas fábricas, a cuyo amparo vivían infinidad de familias. El gremio de sombrereros fue, hasta hace pocos años, el más importante de la ciudad.

Tal es la verídica historia de la “Casa de la Hornacina”, única que existe en la antes populosa plazuela del Conde.

Este artículo fue publicado originalmente en la revista Granada Gráfica y en Chirimías (boletín informativo de la asociación Granada Histórica y Cultural).

Comentarios en este artículo

  1. Jajaja, como siempre; historias de amoríos de por medio!!

    Está muy bien desenvuelta la historia, quiero decir, porque en algunos retazos parece como si las palabras fuesen recogidas de escritos de la época.
    Por otra parte, como no nací en Granada, no sabía que esa industria de la sombrerería había sido el sustento de la ciudad hasta hará unos años ya, como antes de la 2ª Guerra Mundial, supongo…. pues luego después, el sombrero cayó en deshuso!!
    Felicidades a quien la ha contado.
    Un abrazo a todos!!

    Dori
  2. Me ha encantado la narrativa, con todo su contenido, el miedo a los fantasmas, que todavía siguen permeando algunos rincones del barrio, enhorabuena!

    ANika
  3. Tres puntalizaciones al respecto: Conocí la casa con su hornacina original hasta que una mala restauración acabo con ella, la actual no es la original. Haría falta recuperar y publicar todo lo referente a la revista Granada Gráfica y otras que nos cuentan la historia de las casas y otros vestigios históricos de nuestros barrios y en este caso la del Albaicín. En el granadino barrio del Realejo también hubo otra historia de Fantamas, también lios de faldas, el llamado “Fantasma del Realejo” y mi felicitación a Álvaro Calleja por su buen hacer periodístico y la labor de recuperación de los valores culturales del Barrio.

    jOSE
  4. Me ha resultado muy interesante, Granada siempre ha sido tierra de misterios, pero una cosa me ha llamado la atención, está parte que alude al «cenador» del patio -“replegados en la sombra profunda del «senador»”, pues bien, en Granada siempre se llamaba CENADORES (como no hay posibilidad de ponerlo en negrita, uso las mayúsculas) a los pórticos de sus característicos patios, así lo corroboraba la misma Real Academia de la Lengua hasta hace unos pocos años, quien tenga un ejemplar de su diccionario con un mínimo de 10 años o algo menos comprobará que está definición es cierta:
    -Cenador: pórtico de los patios granadinos, especialmente si encima tiene espacios habitables.
    Por ello puedo asegurar que las personas del texto no se hallaban al fondo de un «senador» sino de un cenador del patio.

    José M B
  5. Podeis reiros todo lo que os apetezca.
    Solo puedo deciros ¿Que tonta es la ignorancia!
    Si los que hemos tenido alguna experiencia de cosas extrañas en nuestras casas moriscas hablaramos………..
    Si no has conocido estas situaciones tu mismo…………¡Mejor para ti!
    Pero no pienses que lo que no has vivido no existe……………………….¡Solo que no lo conoces!

    Rafael
  6. Aunque aterradora, es una bella historia; me he criado en esa plaza, conocí su interior y a sus moradores y doy fe de que esa casa de vecinos algo tiene, tras estar cerrada durante muchos años, oía tras los muros de mi casa (la que aparece a la derecha), yo de chico, en las noches de verano y que por el calor las ventanas mantenía abiertas de par en par, lloros y lamentos a los que por temor atribuía a los gatos, ignorante de esta historia de la que ahora comprendo todo, pocos años después, en periodo de tan singular rehabilitación, jugando dentro de ella murió un niño de unos 10 años, a causa de una inexplicable caída al vació desde el tejado por el ojo de patio, nadie volvió a entrar en ella, por que daba mal fario, hasta que nuestro excelentísimo Sr. alcalde Don Gabriel Diaz Berbel comenzó a habitar en ella, desde muy pronto la familia estaba incomoda por ruidos que no venían de ningún lugar, hasta que en pocos años la vendieron sin dar motivos (lógico no decir nada sobre los acontecimientos que dentro se daban…hago mención al dicho “habla mal del burro y veras que pronto lo vendes”) y tras otro largo periodo de tiempo estando deshabitada, fue adquirida por una familia originaria del nuevo mundo, mas concretamente del sur de América, ajenos a las habladurías que rondaban sobre esta casa…poco después y de manera súbita, también fue abandonada y los rumores del barrio contaban que la familia del otro lado del charco, pasaban las noches aterrorizados por los ruidos y sombras que diambulanban por los muros de la vivienda.

    frank mingorance
  7. Maria Dolores,
    Gracias por tu precioso articulo. He visto que se ha actualizado recientemente y me gustaria
    ver que si hay algun cuadro de Joaquín Capulino Jaúregui sobre la preciosa Casa de la Hornacina!
    Un saludo y muchas gracias,

    Belen Alonso

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