Los hombres del tabaco

En las conocidas como Casas del Tabaco, en Bobadilla, aún quedan algunos de los entonces empleados de la Tabacalera. Roberto Sánchez y Antonio Salguero reconstruyen los momentos en que la zona comenzó a adquirir vida.

Antonio Salguero y Roberto Sánchez, antiguos tabacaleros

Antonio Salguero (i) y Roberto Sánchez (d), antiguos trabajadores del Centro de Cultivo de Tabaco

Roberto y Antonio son viejos amigos. Ambos trabajaron en la Fábrica de Tabaco y los dos residen en Bobadilla, concretamente, en una zona conocida como las Casas del Tabaco, a unos 1.800 metros de La Chana. El Ministerio de Agricultura construyó estas viviendas alrededor de los años 50 para albergar a los trabajadores de la Tabacalera, pero hoy son pocos los vecinos de aquella época que aún siguen viviendo allí.

Durante cincuenta años, Antonio Salguero fue verificador del Centro de Tabaco. Según explica, antes de que se construyeran las casas, la zona era un solar baldío. «En la fábrica trabajaban unos 200 hombres y otras tantas mujeres y había familias numerosas que tenían que vivir en una sola habitación. Por eso se hicieron estas casas y se alquilaron a los empleados a un precio bajo», señala. «El trabajo era duro y no teníamos pensión por jubilación, por lo que la mayoría aguantaba trabajando todo lo que podía y acababa muriéndose antes de haberse retirado», añade.

Documentos de un trabajador de la Fábrica de Tabaco de Bobadilla

Una cartilla de trabajo y una nómina de la Fábrica de Tabaco

En aquellos tiempos, todos los vecinos de la zona trabajaban en la Azucarera de San Isidro o en la Tabacalera, así que «los días transcurrían entre olores a melaza y tabaco», explica Salguero.

Los primeros meses vivieron sin luz ni agua. Después, paulatinamente, llegaron las mejoras. «A mediados de los 50 extraíamos el agua de un pozo. A veces salían sanguijuelas y para limpiarla echábamos una arroba de cal. El agua potable no llegó hasta que Antonio Jara salió elegido alcalde, ya en los años 80″, rememora.

Roberto Sánchez estuvo tan sólo cuatro años en la Tabacalera. Su padre era fermentador y él comenzó en la fábrica a los 18 años como mecánico. «Entraba a las nueve de la mañana y después de fichar me iba al taller de electromecánica», afirma.

Además de encargarse de los arreglos de la maquinaria, Roberto controlaba la temperatura de las máquinas para garantizar que el proceso de fermentación se realizara en condiciones óptimas. «No seguí trabajando allí porque el sueldo mensual era de 2.000 o 3.000 pesetas, mientras que arregando televisores ganaba el doble», señala.

El alumbrado de la zona, así como el de las viviendas, corría a cargo de la Fábrica del Tabaco. Los empleados tenían, además, una cartilla del seguro, un privilegio del que disfrutaban «pocos trabajadores de la época», según relatan. No había, sin embargo, servicio de recogida de basura. Los vecinos la depositaban «en una especie de escombrera que tenía el Centro de Tabaco y allí los tractores la removían para utilizarla después como abono natural».

El sueldo de entonces sólo daba para comer, «si necesitabas unos zapatos tenías que hacer trabajos extra los domingos». Eran, pese a todo, tiempos felices. O al menos así los recuerdan Antonio y Roberto. «De pequeños jugábamos en las obras y nos escondíamos entre los cimientos», señala Roberto.

«Había dos aulas, una para las chicas y otra para los chicos, y en cada una de ellas se juntaban niños de todas las edades», añade.

Ya en los años 80, con Felipe González en la presidencia de Gobierno, la Fábrica de Tabaco se vendió. Las casas se ofrecieron en venta a sus inquilinos, a un precio «más que razonable», y muchos de ellos optaron por comprarlas.

«La Caja Rural ofreció préstamos a quienes no podían pagarlas», explica Roberto Sánchez. «Hoy, el 60 o 70% de los vecinos de entonces ha vendido su casa; ya quedamos pocos del tabaco».

«Cuando la fábrica se vendió, quedábamos 72 personas en plantilla», declara Salguero. A algunos los indemnizaron, y a otros, como a Antonio, los recolocaron.

«Yo pasé a trabajar en la Junta de Andalucía haciendo lo mismo, de auxiliar técnico o verificador», explica. El sueldo, sin embargo, procedía del convenio con la Tabacalera, por lo que cobraba «la mitad que si pagase la Junta».

Así fueron transcurriendo los años hasta que, al casarse, tanto Roberto como Antonio dejaron las Casas del Tabaco. Salguero se fue a vivir a la Plaza de Toros y Sánchez a la Chana. En Bobadilla no había colegio y «mudarse era lo más cómodo».

Fue la jubilación la que les trajo de vuelta a su lugar de origen. Un lugar tranquilo en plena capital, donde reposan los recuerdos de tiempos felices.

(08/05/2011)

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