La ablación vive mucho más cerca de lo que pensamos

El 6 de febrero se conmemora el Día Internacional de Tolerancia Cero con la Mutilación Genital Femenina, que la Organización Mundial de la Salud (OMS) define como «una violación grave de los derechos humanos, una forma de violencia contra las mujeres y las niñas, una forma de maltrato y persecución infantil y una manifestación de las desigualdades de género». 

Todo ello es cierto, todo ello es terrible. Sobre todo si esa práctica atroz la narra una persona que la ha sufrido en carne propia. Alguien que no vive en el quinto pino, en países que no somos capaces de situar en un mapa, sino a escasos metros de nosotros. Alguien como Dousou, que tiene 30 años y vive en La Chana. 

Nació en Guinea Conakry, en el Oeste de África. Cuando tenía ocho años, y pese a que su madre se oponía, una tía suya la llevó un día a una siniestra consulta. Allí se juntó con otras treinta niñas que tampoco sabían a lo que iban. Hasta que, en un momento dado, se abrió la puerta y Dousou entendió que era su turno. 

La sentaron en una especie de camilla y, mientras dos mujeres le separaban las piernas y otra le sujetaba los brazos, una cuarta mujer sacó un cuchillo y le extirpó el clítoris. Después, la vendaron, la mandaron a la calle e hicieron pasar a la siguiente. Las medidas de higiene brillaban por su ausencia. La ‘cirujana’, por llamarla de alguna manera, se limitaba a limpiar el cuchillo entre un corte y otro. Nada más. 

Falsos argumentos sobre higiene y fertilidad

¿Por qué le hicieron eso? Pues porque en su país, como en otros del continente africano, como Egipto (donde, en tiempos de los faraones, se empezó a practicar la ablación), Nigeria, Ghana, Somalia, Benin o Nigeria, por citar algunos, todavía hay quienes sostienen que la mutilación es beneficiosa. Que se gana en higiene, porque los genitales externos son una parte sucia. Que así se evita que el clítoris pueda convertirse en un pene, cosa que consideran antiestética (y por supuesto es falsa). Que se incrementa la fertilidad, que fomenta la castidad y la fidelidad, que previene la promiscuidad…

Todo eso en nombre de la tradición, de la costumbre. Así fue siempre, sostienen, y así debe seguir siendo. La mutilación es también algo así como un ritual de iniciación, de bienvenida a la comunidad. Es, en cierto modo, el primer paso para que una chica se convierta en mujer. El segundo, en no pocos casos, es por desgracia un matrimonio concertado que se lleva a la práctica cuando a ella aún le queda bastante para ser mayor de edad. 

Dousou nació en Guinea Conakry hace 30 años y lleva cinco en España. Fotos: Lucía Rivas

Dousou también pasó por eso. Con 16 años se casó con un hombre mucho mayor que ella y que ya tenía otras dos esposas. Él elegía con quién dormía cada noche, él era el dueño exclusivo de esas tres mujeres, lo que quiere decir que, si le daba la gana, les pegaba. Dousou sufrió agresiones continuadas durante años. Nunca lo denunció «porque eso, en mi país, no habría servido de nada». 

Se quedó embarazada con 17 y no sintió nada salvo dolor. Ya lo tenía, y era bastante fuerte cada vez que le iba a venir la regla. Eso le sigue pasando. El parto fue muy difícil. El de su segundo hijo, también. Como los dos fueron varones, ella al menos suspiró porque no tendrían que pasar por su vivencia. No tendrían que entrar en ese cuarto y enfrentarse al cuchillo de esa mujer que todavía le hace daño. 

Una odisea con final feliz

Hace seis años, harta de la mala vida que le daba su marido, pudo escapar. Antes de eso había conseguido estudiar Economía, contra la voluntad de él, pero tenía absolutamente prohibido trabajar. Una amiga le dio un poco de dinero y huyó primero a Mali, donde estuvo tres semanas durmiendo en la calle y alimentándose como podía. Después, en un camión de ropa, se trasladó a Argelia. Allí tampoco conocía a nadie y le tocó dormir de nuevo al raso, pero una mujer se apiadó de ella y le dio cobijo y algo de dinero a cambio de que limpiara su casa. 

Pero no tenía papeles y notaba una gran hostilidad cada vez que salía a la calle. Andando, cruzó la frontera con Marruecos, donde se dio cuenta de que estaba embarazada. Fue el último regalo que le hizo su marido antes de irse ella de Guinea Conakry. Llegó a Nador, donde durante dos semanas estuvo secuestrada por mafiosos dedicados a la trata de personas y de ahí, en una patera en la que estuvo tres días y al borde de la muerte, intentó cruzar a Europa. La Guardia Civil interceptó la embarcación y la llevó a Melilla

Gracias a que estaba embarazada fue por fin cuidada y, tras el nacimiento de su tercer hijo, la trasladaron a un Centro de Internamiento de Extranjeros en Algeciras. Ahora vive en Granada, ha trabajado como cocinera en un bar de La Chana, el barrio donde vive, pero ahora, por culpa del Covid, se ha quedado sin empleo. Vive en casa de un sacerdote y está con ella su hijo pequeño. 

Dousou, en la sede granadina de Médicos del Mundo, en La Chana.

A los otros dos hijos no los ha vuelto a ver y sólo sabe de ellos porque su madre la llama y le enseña fotos. A escondidas, claro, porque su marido ha jurado matarla cuando la encuentre. Sigue sintiendo dolores físicos que se suman al psicológico, que probablemente no se irá nunca. No quiere saber nada de relaciones de pareja, que bastante sufrió ya. Pero sigue viva, algo por lo que no apostó en muchísimos momentos. Así termina por ahora su historia, o lo que quiere desvelar de ella. Algunas cosas las sigue ocultando, por miedo o por vergüenza. Porque la ablación no es un tema del que guste mucho hablar. 

El problema, visto desde Granada

Abordaje de la mutilación genital femenina desde la consulta de Atención Primaria. Así se llama el muy duro pero muy instructivo e interesante estudio que han realizado tres doctoras granadinas: Alba Villén, Lola Hurtado y Loli Sánchez. Se acercan a este gravísimo problema sin apriorismos ni ínfulas de superioridad. Al fin yal cabo, recuerdan en esas páginas que «en las culturas occidentales europea y estadounidense se realizaron clitoridectomías en el siglo XX en mujeres con diagnósticos tan diversos como histeria, idiotez y manía, u otros como incontinencia urinaria, hemorragia uterina y epilepsia, así como para extirpar comportamientos considerados desviados, como la masturbación o el lesbianismo». 

La prudencia, al entrar en contacto con las mujeres que han pasado por ese trance, es fundamental. «Necesitan un apoyo, en este caso de Atención Primaria, porque no piensan que sus familias les hacen eso buscando su mal sino por su bien. Necesitan un proceso de información y formación para llegar ahí. Es donde nosotras podemos intervenir y ayudarlas.», explica Lola Hurtado, que es ginecóloga. 

«Una mujer viene mutilada y tiene dolores en sus órganos genitales, complicaciones en sus partos… Pero no piensa que es por la mutilación. Si se lo hizo su madre, ¿cómo va a ser malo? Si lo tienen todas las mujeres de alrededor, por qué va a serlo? Tampoco asocian su depresión con eso, ni que no sientan placer sexual. Lo ven como algo normal y creen que la mutilación es fundamental para casar a su hija, porque si no es una mujer sucia y nunca la van a querer», añade Loli Sánchez, especialista en Medicina Familiar. 

Dousou, durante una charla sobre la Mutilación Genital Femenina. Foto: GIM

Margarita Martínez, pediatra que, como las mencionadas, colabora con la asociación Médicos del Mundo, considera que «es fundamental ir desmontando creencias con tacto, sin estigmatizar, acercándose a su punto de vista, diciendo cosas buenas de África, como el apoyo que se da allí a la familia, que la lactancia materna dura mucho tiempo… Y no hablar de mutilación sino del corte. Y entonces preguntarle qué piensan del corte. Ir acercándote poco a poco».

Las doctoras saben que algunas obran así porque, en sus países, hacer eso es lo normal. De hecho, en algunos territorios no hablan nunca de mutilación sino, si acaso, de circuncisión femenina. Y hay quienes hasta se sorprenden de que aquí no se haga lo mismo. Pero hay un dato que desmonta esa visión edulcorada: más de 3.000 niñas mueren al año cuando les practican la mutilación. «Y además, eso conlleva más riesgo de hemorragias, infecciones, algunas crónicas, de orina, pélvicas, que llevan a la infertilidad, complicaciones en el embarazo, en el parto…», enumera Margarita Martínez. 

Aprendiendo sobre la marcha

«Un estudio de la OMS revela que un 22% de las muertes perinatales en mujeres con mutilación genital se deben a este motivo», subraya Lola Hurtado, que ha ido aprendiendo a tratar con ese tipo de problemas casi sobre la marcha, porque no los había estudiado ni en la carrera ni en su especialidad. «Cuando empecé mi residencia, se me pasaron casos, seguro que vi genitales y no los supe reconocer. Ahora veo de qué país viene la mujer, me fijo muy bien, voy buscando… Si no, hasta a los sanitarios se nos pasa», cuenta. 

Las tres han tratado a mujeres que viven en Granada y lugares del Área Metropolitana como Armilla, Albolote o Atarfe. No saben a ciencia cierta cuántas africanas que viven entre nosotros han sufrido mutilación, aunque sí que hay menos que en las provincias de Almería o Málaga. Pero más sorprendente aún es que algunas de las que pasaron por sus consultas se enteraron entonces y sólo entonces de lo que habían hecho con ellas. Lo que consideraban normalidad era una aberración que además podía poner en riesgo sus vidas. 

Y por supuesto su dignidad como personas, algo en lo que igual ni repararon. «Aquí sigue habiendo gente que piensa que esto es algo cultural y que no tenemos que juzgarlo ni condenarlo. Lo que tiene que estar por encima es que es una violación de los derechos de la mujer», enfatiza Lola Hurtado.

«Probablemente lo tienen tan asumido que no lo piensan. No sólo hay problemas físicos o sexuales. Esto es una forma de controlar a la mujer. Nosotros estamos acostumbrados a ver mutilaciones que afectan al clítoris, pero las hay de otro tipo, más severas, que ya suponen una forma control total. Les cierran los genitales, es como coserlos», añade Loli Sánchez. «No podemos justificarlo todo por la cultura o la tradición, hay que poner barreras», zanja Margarita Martínez. 

Por si fuera poco, el ya mencionado informe de las doctoras granadinas aporta estos otros datos: más de tres millones de niñas se encuentran en riesgo de ser mutiladas cada año. Se sumarán a las 200 millones que ya han pasado por eso.

Asilo por violación de los derechos humanos

En algunos casos, estas prácticas son reversibles. En Cataluña y la Comunidad Valenciana ya se practican operaciones que, además, están dentro de la cartera de servicios de la Seguridad Social. En Andalucía, por ahora, eso no ocurre.  Lo que sí pueden hacer las mujeres mutiladas es solicitar asilo. En Granada, Loli Sánchez ya ha tramitado varios casos. 

Cartel que anuncia una actividad para conmemorar el Día Internacional contra la Mutilación Genital Femenina.

«En el último año -detalla- he hecho cinco o seis informes para mujeres migrantes que solicitaban asilo o protección internacional y la mutilación, igual que la violencia o el huir por motivos políticos o religiosos, es uno de los motivos de solicitud. Las mujeres a las que hice el informe son recién llegadas, que llevan poco tiempo aquí, no están censadas. Están en contacto con alguna asociación de protección, que acoge a mujeres migrantes, que han llegado solas o con sus hijos pequeños».

¿Cuándo acabará esta lacra? Ahí, las doctoras son pesimistas. Pese a que es un objetivo marcado por la ONU para 2030, parece evidente que no se va a llegar a tiempo. Sobre todo porque hay países donde, lejos de desaparecer, va en aumento.

«Cada vez hay más mutilaciones porque cada vez la población infantil es más elevada», afirma Margarita Martínez, mientras su colega Loli Sánchez menciona un informe de la Comisión del Refugiado «que dice que en Guinea Conakry hay una corriente de mujeres a favor de la mutilación por la supuesta integración cultural que comporta, porque lo otro, el no hacérsela, lo sienten como una imposición de Occidente». Sin embargo, matiza, en Gambia «sí que se ha avanzado bastante».

Una cierta doble moral

Lo cual lleva, para finalizar, a un debate: en el llamado Primer Mundo se hacen operaciones de recomposición de himen o se aplica la cirugía plástica en los órganos genitales, algo que, como aduce Margarita Martínez, «es una alteración de los órganos genitales por motivos no médicos».  «Sirve a cánones de belleza y también implica un control. Por eso no debemos mirar como una barbaridad lo que hacen otros cuando aquí tenemos otras imposiciones», defiende Lola Hurtado, y Marga Martínez remata diciendo que ese tipo de tratamientos, en algunos países, se pueden aplicar incluso a menores de edad «con consentimiento de los padres, un consentimiento un poco viciado».

«Hay una doble moral. Aquí la cirugía plástica la consideramos normal porque se la hace una mujer occidental, y vemos una barbarie que una subsahariana se haga cosas que ella entiende como normales», finaliza Loli Sánchez. Margarita Martínez asiente y añade: «Aquí hay gente que piensa que las cosas malas pasan sólo en África. Pues no, también las hay aquí».

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