Adiós a Pepa, «el alma de la calle Álamo»

Josefa Torres Rodríguez, vecina del Albaicín amenazada hace poco más de un año con ser expulsada de su casa, no ha podido superar su enfermedad. Pepa murió el lunes después de vivir los últimos meses atormentada ante la posibilidad de que la echaran de su casa

Josefa Torres Rodríguez

Josefa Torres Rodríguez, junto a su mascota, a la puerta de su casa, en julio de 2012.

A Pepa no pudieron desahuciarla de su casa en la calle Álamo del Marqués, en el bajo Albaicín, pero vivió los últimos años de su vida atormentada ante la posibilidad de verse en la calle. De poco le sirvió ganar el juicio frente a la propiedad del inmueble. Los fantasmas regresaron cuando conoció que el dueño no daba su brazo a torcer y recurría el fallo judicial, a día de hoy pendiente de resolverse.

La pesadilla que en vida pasó Pepa reúne todos los indicios para clasificarla como un caso de acoso inmobiliario. De nada sirve ahora asociar la enfermedad que la consumió en los últimos meses a los quebraderos de cabeza que le quitaban el sueño ante la posibilidad de verse despojada de la que venía siendo su casa durante los últimos cincuenta años.

Josefa Torres Rodríguez, que es así como se llamaba Pepa, ha pasado de verse en la calle a tener reservado un sitio en el cielo. Eso al menos piensan los que la querían.

Su ausencia ya la extraña no sólo su familia sino también sus vecinos, entre ellos Emilio -el otro inquilino afectado en el litigio con la propiedad del inmueble-, además de su perra de la que rara vez se separaba.

Es cierto que de un tiempo a esta parte había perdido su sonrisa. Le embargaba cierta preocupación por verse a sus años en la calle.  A GranadaiMedia reconocía hace poco más de un año que tenía «la moral por los suelos».

Lola Boloix, presidenta de la Asociación de Vecinos del Bajo Albaicín, recuerda que muchos viernes acudía a la sede vecinal en momentos en los que se sentía derrotada. «No hay derecho a que una persona mayor tenga que vivir a sus años con la amenaza de verse en la calle, con una pensión mínima que apenas le daba para vivir y que de pronto se ve enferma y fuera de su entorno de toda la vida».

A Pepa la han enterrado la mañana del miércoles en el cementerio de San José. La puerta de su casa ha dejado de estar abierta de par en par. No será fácil acostumbrarse. «Se ha ido el alma de la calle», asegura Emilio, para quien Pepa era «como mi madre». «Su vida era esta casa y todos los que vivimos alrededor la queríamos. La echaremos de menos».

Los que de momento acuden a su puerta, fieles a su cita diaria, son los gatos callejeros con los que tanto se encariñó y a los que repartía las sobras de comida.

(13-11-2013)

Comentarios en este artículo

  1. El Albayzin, poco a poco se va despojando de sus buenos vecinos

    Paco

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