La salud mental, entre los problemas más graves de Granada

salud mental en granada foto Lucía Rivas GranadaiMedia

A veces, el informe anual del Defensor del Ciudadano de Granada depara sorpresas que no son en absoluto agradables. En el correspondiente a 2021, además de reseñar las quejas habituales de los granadinos (la falta de empleo, los problemas relacionados con la vivienda, los sempiternos cortes de luz en el distrito Norte o la brecha digital), resalta como un problema creciente la salud mental de los granadinos.

Tan grave es el asunto que es el cuarto que más protestas y demandas de información ha tramitado la oficina que tiene al frente a Manuel Martín García. En su resumen del anterior ejercicio, el Defensor especifica que enfermedades mentales como la ansiedad, la depresión o los trastornos del sueño han significado el 12% de los asuntos que le han llegado. Es significativo, porque superan en ese aspecto a las quejas por ruido (10%), movilidad y participación ciudadana (8%) o limpieza (8%).

En cuestiones de salud mental, la casuística es enorme. El informe del Defensor señala, por ejemplo, que se dirigieron a su oficina «para confesar que tienen depresión y que eso les impide hacer cosas que deberían». También, que a veces no eran los afectados quienes intervenían directamente, sino sus familiares. «Mi hija se ha quedado sin presente y sin futuro», lamentaba una madre, de forma tan gráfica como terrible. 

Las reclamaciones, no obstante, van casi todas en el mismo sentido. «Quieren tener derecho a elegir médico y cuestionan que su problema sólo deba tratarse con medicación», enfatiza el informe. Un aspecto en el que coincide la psicóloga Olvido Sopeña: «Como apenas hay especialistas y los que hay les pueden dedicar muy poco tiempo, muchos pacientes acuden a la Atención Primaria y allí, que no son psicólogos, optan por medicar casi por sistema, cuando hay trastornos que necesitan fármacos y otros muchos que no», incide. 

Faltan recursos para la salud mental

Llegamos al quid de la cuestión: la sanidad pública apenas dedica recursos a la salud mental. Es un hecho. Y por tanto, los enfermos acuden a la vía privada o a asociaciones que trabajan con trastornos como la bipolaridad, la ansiedad o la esquizofrenia. En 2021, siempre según el referido informe, éstas incrementaron las atenciones en un 40%, mientras que las llamadas al Teléfono de la Esperanza crecieron un 40% entre marzo y diciembre de 2021.

Se ha utilizado la palabra enfermo porque eso es lo que son, aunque algunos no lo aireen por temor a ser estigmatizados. Un miedo que todavía, por desgracia, está justificado. A estas alturas, muchos creen que los psiquiatras y los psicólogos están para atender a los locos. 

Las llamadas al Teléfono de la Esperanza se incrementaron un 40% a lo largo del año 2021 en Granada. Fotos: Lucía Rivas

Sus propias familias, en ocasiones, caen también en ese error. «Los enfermos sufren incomprensión, soledad, rechazo y falta de atención, cosa que se agrava porque ni ellos ni su entorno solicitan ayuda por miedo a que los tachen de locos», afirma Manuel Martín en su informe. «Es cierto que ahora se ha normalizado algo lo de ir al psicólogo, pero esa incomprensión persiste. Muchas veces se frivoliza a cuenta de esas enfermedades», corrobora Olvido Sopeña. 

La psicóloga, que lleva trabajando en Granada desde 2009, lamenta esto y también que la demanda esté superando a la oferta cada vez mas. En lo público por supuesto, pero también en lo privado. «Ahora tenemos una lista de espera en aumento. Antes, si no podíamos atender a alguien, al menos sí era posible derivarlo a algún compañero. Pero ahora estamos todos atareadísimos y es imposible cargar con tanta demanda», cuenta. 

La pandemia influye

El informe del Defensor del Ciudadano aprecia una posible relación entre el empeoramiento de la salud mental y la persistencia entre nosotros de la pandemia. Sopeña, sin darlo del todo por hecho, también ve una influencia. «Personas que padecían insomnio o trastorno del ánimo, ahora han ido a peor», sintetiza.

Pero lo achaca también a otros dos factores: las condiciones laborales que muchos sufren y el no tener empleo. «El trabajo, en muchos casos, genera estrés. No trabajar crea frustración, ansiedad e incertidumbre. He hablado con bastantes personas de más de 30 años que quieren independizarse pero no pueden, porque aún dependen económicamente de sus padres. Están mal, pero tampoco mejoran cuando por fin empiezan a trabajar y ven que las empresas no cuidan al trabajador en el plano psicológico», subraya la profesional. 

La pandemia, entre otros efectos adversos, produjo el llamado Síndrome de la Cabaña. Que, de forma muy simple, se traduce en un miedo terrible a exponerse al virus y lleva a quienes lo padecen a quedarse en su casa y reducir el contacto con los demás hasta dejarlo en la mínima expresión. 

¿Se irá ese síndrome cuando también lo haga la pandemia? La psicóloga entiende que ambas cosas no van de la mano. «El problema es que la persona que sufre ese síndrome seguirá en peligro mientras no procese la información que hay a su alrededor. Hasta que no lo haga, porque pueda o porque lo ayuden, seguirá sin querer salir, mantendrá sentimientos catastróficos… Cada uno tiene unas circunstancias personales y debe luchar por superarlas», explica. 

El contexto es fundamental

Añade que, para que los efectos psicológicos que ha acarreado el coronavirus pasen, la gente «va a necesitar un contexto de seguridad y tranquilidad. Pero no temporal, como el que hubo antes de las últimas Navidades y que se fue con la sexta ola, sino permanente. Vivimos todavía en una situación estresante y tenemos que darle al cerebro una segunda oportunidad, por así decirlo, para que se desbloquee y vuelva a la normalidad». 

Con todo, lo peor que conlleva el empeoramiento de la salud mental es el incremento del número de suicidios, y también de tentativas. «El índice es mucho más alto y eso es una señal de alarma clara. Tendrían que destinarse a eso muchos más recursos y hablar alto y claro sobre el problema, que sigue siendo tabú», propone Olvido Sopeña, que aboga también por aprender a cuidarse la mente desde la edad escolar. 

La calle Recogidas, desierta durante el confinamiento. En esa etapa se dispararon las quejas por problemas relacionados con la salud mental.

«No sólo hay que introducir eso en las aulas, sino también, y con más ahínco, trabajar en la educación emocional de los padres, porque son el modelo de sus hijos, su referente. Si los padres no tienen una buena gestión de sus emociones, no la van a poder trasmitir. Deben aprender a poner nombre a sus emociones y a saber comportarse cuando se enfrenten a situaciones complicadas. Los padres, ahí, deben hacer un ejercicio de introspección que es fundamental, porque si no reconocen por qué están enfadados cuando lo están y no saben gestionar ese comportamiento, tampoco van a poder ayudar a sus hijos cuando éstos se enfaden», razona. 

Es una tarea en la que, obviamente, todos deben implicarse. Y eso incluye a las administraciones públicas, por supuesto. Manuel Martín dice que, por lo que le ha llegado, éstas «han echado una mano cuando se lo han solicitado», pero los granadinos consideran que eso es insuficiente.

«A la Junta de Andalucía, como responsable de la sanidad pública, le piden más programas y más personal, además de más campañas de concienciación y sensibilización. No se trata de conmemorar cada año el 10 de septiembre, sino de dotar a los servicios sanitarios de más recursos e impulsar campañas para mejorar la salud mental, que es sin duda una de las cenicientas de ese sistema. Necesitamos más recursos para la prevención y la atención, aparte de más educación emocional», escribe en el mentado informe.

Con nombre y apellido

Marina Rivero es una periodista granadina de 32 años. En octubre de 2021 empezó a sentir un dolor en el pecho que poco después se le extendió al brazo y al omoplato. Pensó que era algo cardíaco, pero en realidad eran los primeros síntomas de que padecía ansiedad. 

Como no lo quiso admitir desde el principio, porque desconocía la sintomatología de la enfermedad, comenzó un peregrinaje médico con bastantes paradas. «Yo, que casi nunca había estado en consultas, pasé por lo menos ocho veces por urgencias. Y aparte, he ido al cardiólogo, al ginecólogo, al digestivo, a traumatología, pronto iré también al neurólogo…»

El consumo de fármacos como los ansiolíticos también ha aumentado.

Actúa así porque, pese a que ya está en manos de un especialista y se somete a una terapia cognitiva-conductual, todavía no termina de asimilar que lo único que pueda tener sea ansiedad. Algo en ella se rebela. «Sigo pensando que a lo mejor no es eso al cien por cien, que puede estar en combinación con otra cosa. Por eso continúo yendo a especialistas, para descartar».

Porque, aduce, «no es tan fácil reconocer que se tiene ansiedad y ya está». Porque es una dolencia «que todavía está algo estigmatizada», porque los que no la han sufrido la desconocen y porque, debido precisamente a eso, la relativizan, no saben cómo manejarla y hasta frivolizan con ella. «No le dan la importancia que tienen. ¿Cuántas veces decimos medio en broma eso de hoy estoy con la depre? Pues no tiene nada de divertido, porque cuando estás deprimida te sientes una mierda», sentencia. 

«Voy a salir reforzada y mejor persona»

Ha tenido que apechugar con lo peor. Su familia la ha apoyado. También los amigos, aunque en ese sentido resalta que «no es lo mismo pasar esto con veinte años, cuando tu entorno social es más rico. Ahora sigo teniendo amigos, claro, pero tienen su vida, están casados, con hijos… Me preguntan cómo estoy, pero a veces no levantan el teléfono sino que me mandan un mensaje. Soy yo quien de vez en cuando tengo que llamar para contarles cómo estoy», lamenta. 

La pandemia influyó en su estado, pero tampoco cree que fuera determinante. «Hubo un cúmulo de factores, porque es cierto que  mi abuela murió a causa del virus y lo hizo sola y en una residencia de ancianos, cosa que en mi familia afectó muchísimo, por supuesto. Pero también en este último año dejé dos trabajos, y aunque no me siento culpable y pienso que mis decisiones fueron acertadas, cuando tienes supeditada tu vida al trabajo, como era mi caso, te quedas un poco huérfano al perderlo».

Está poniéndose en orden. Su terapia, que sólo incluyó medicación de forma esporádica y al principio, le está ayudando «a relativizar las cosas, a aceptarme como soy, a ver que me pasa algo, a disculpar mis errores, a escuchar a mi cuerpo, que llevaba tiempo diciéndome algo. Sé que de esto voy a salir y lo voy a hacer reforzada, enriquecida, con una inteligencia emocional que antes no tenía y mejor persona». 

Vuelve a tener trabajo y le gusta, se siente «realizada» allí. No obstante, en este periodo también ha aprendido que «aunque es importante, no puede condicionar mi vida». En otras palabras, ahora sabe que, en un orden de prioridades dado, lo primero va antes. Y lo primero es «quererse, aceptarse como tal y no andar todo el día fustigándose». 

La autoexigencia que lo estropea todo

Porque Marina Rivero, como otras muchas personas, se toma las cosas demasiado a pecho. Es demasiado autoexigente, demasiado racional. «Me paso el día elucubrando, poniéndome en el lugar de otra persona, pensando en las cosas en las que me he equivocado… Mi psicólogo me preguntó una vez: ¿Y tú cuándo vives? Y tiene razón, aunque cambiar todo eso no es fácil. Vivo pendiente de la excelencia, de hacer las cosas bien, de cumplir, de ser una buena hija, una buena compañera, una buena trabajadora…»

Los cambios, no obstante, empiezan a llegar. Dice que desde que está en terapia se ha dado cuenta de que también debe exigirse su disfrute personal.  «Ahora me siento más vitalista. Yo no suelo beber casi nunca, pero el otro día me tomé dos whiskys y los supe disfrutar porque estaba en un buen ambiente y porque esos son los placeres de la vida, y es importante saborearlos. Cuando estás en la mierda, lo valoras más. Hay que darle importancia a lo que la tiene, y ya está», describe. 

Granadinos asomados a los balcones cuando el encierro era obligatorio, salvo por algunas excepciones.

«Estoy en ese plan -continúa- pensando en que ,si pasa algo, tampoco pasa nada. Voy al psicólogo, le digo que he cometido un error y me dice: empiezas mal. Si he cometido un error, lo asumo y ya está. Y también sé que voy a salir fortalecida porque no se puede vivir todo el tiempo siendo esclava de esas cosas y porque ahora tengo un concepto más grato de mí misma. He vivido con unos complejos alucinantes y me voy a quitar lastre», asegura. 

El coste y el privilegio

Por supuesto, coincide en que a la salud mental no se le concede en la sanidad pública el trato que merece. Se siente «una privilegiada» porque por lo menos tiene la posibilidad de costearse una consulta privada. Circunstancia que, sin embargo, hace que se resienta su economía. «Esto me cuesta 300 euros al mes y significa que me tengo que quitar de cosas. Pero yo por lo menos puedo hacerlo, mientras que hay otra gente que no», critica. 

No le extraña que los problemas mentales estén generando más casos de suicidio o de tentativas. «Conozco a gente que me ha dicho que piensa en el suicidio desde hace tiempo, y tampoco me parece tan raro porque cuando la ansiedad deriva en depresión, entras en un estado anímico y físico que te destroza, que te puede matar», asegura. 

Se ve capacitada para dar un consejo. «Creo que puedo darlo porque he vivido esto. Otros lo dan desde la ignorancia y eso no sirve. Eso de anímate, ya vendrán tiempos mejores, no vale de nada. Yo no voy a dar un consejo frívolo sino con conocimiento de causa: la aceptación es fundamental, no negar lo que te pasa. Porque hasta yo sigo pidiendo que me miren todo lo que me tengan que mirar. Como no te terminas de aceptarte, sigues en ese bucle. No termino de aceptar que es ansiedad al cien por cien, siempre creo que hay algún reducto de otra cosa. Y lo más probable es que no haya nada más. Hay que aceptarlo y, cuando lo has hecho, acudir a un experto», concluye. 

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