La Covid-19, las secuelas y un cierto estigma

Mientras el paciente que ha sufrido la Covid-19 avanza en su recuperación, piensa en el rastro que la enfermedad le dejará y en la incertidumbre que generará en su entorno el no saber con seguridad si aún es positivo. Para salir de dudas, es probable que al final termine por rascarse el bolsillo.

secuelas covid-19

Tras la enfermedad y el paso por el hospital toca someterse a una segunda cuarentena. Foto: Lucía Rivas

El paciente ha salido del hospital tras pasar allí una serie de días (con sus respectivas y poco descansadas noches) luchando contra una neumonía en los dos pulmones. Se lleva a casa la obligación de seguir medicándose, la de estar en reposo absoluto, la de ponerse todas las tardes durante diez días una inyección para evitar los coágulos de sangre que escuece una barbaridad y la de guardar una cuarentena durante ese periodo, diez jornadas en las que tendrá que estar aislado, físicamente separado de la gente con la que convive. Para el caso no importa que lleve ya varios días sin fiebre ni otros síntomas: el protocolo hospitalario así lo marca. 

Pasado ese periodo, puede salir a la calle. Pero no sabe a ciencia cierta si es positivo o negativo. El caso es que tanto su médico de cabecera como uno de los que le atendió en el hospital le dicen que es «prácticamente imposible» que a esas alturas sea contagioso, pero una prueba PCR, ahora mismo, no tendría por qué ser determinante. Quienes han tenido una carga vírica importante pueden conservar en las fosas nasales restos que le harían dar positivo aunque no lo fuera. Esa PCR, por lo tanto, se desaconseja por el momento. 

Con lo cual, el citado paciente vive durante un periodo indeterminado en una especie de limbo. Confía en que ya no sea positivo, pero no puede estar del todo seguro. Y lo que le resulta más incómodo es que las personas con las que se junte, con toda la prudencia del mundo, por supuesto, tampoco lo estarán. Con lo que pueden llegar sus preguntas, sus dudas y hasta su rechazo, en parte lógico pero que a quien lo padece le hará sentirse (algo así como) un apestado.

Doble cuarentena para la familia

Eso es el estigma, que se une a otros elementos potencialmente deprimentes. Por ejemplo, las personas que viven con él no sólo sintieron su ausencia durante el tiempo que permaneció en el hospital, sino que también dieron positivo cuando se hicieron las pruebas (es lo más común en esos casos, aunque hay curiosas excepciones) y, pese a que fueron asintomáticos, tuvieron que quedarse en casa. Ahora, cuando regresa el enfermo y continúa su fase de curación, siguen sin poder acercarse, lo que en la práctica se traduce en algo muy próximo a una segunda cuarentena. Un periodo en el que, menos mal, los críos podrán volver a la escuela y las personas adultas a trabajar, aunque no es descartable que en condiciones especiales, pidiendo favores a los compañeros o a la empresa y haciendo encaje de bolillos porque por las tardes tendrá que ocuparse de la descendencia. 

El paciente, mientras tanto, se afana por restablecerse y demanda una información que no se apresura en llegar por más que lo solicite, porque esas cosas van por sus cauces y llevan un tiempo, y más ahora que proliferan los casos. Lo único que sabe es que en algún momento lo llamarán del hospital para avisarle, se supone que con la suficiente antelación, de que tiene que ir tal día para hacerse una revisión y comprobar su evolución médica. Una semana antes de esa fecha que le marquen, deberá pasar por su centro de salud y hacerse un análisis de sangre para que en el hospital lo puedan cotejar con las pruebas complementarias que allí se le hagan. 

¿Y después? En principio, si todo va bien quedará que el enfermo, pasado otro plazo prudencial, se haga un nuevo análisis serológico para determinar si ha generado anticuerpos. Cosa que no siempre sucede y que decepciona mucho si no ocurre, porque en ese caso no tendrá esa inmunidad de aproximadamente siete meses de la que hablan algunos estudios. No obstante, el infortunado puede consolarse pensando que otros científicos no están del todo seguros de que esa inmunidad exista realmente. Si es que de este virus se sabe tan poco…

La PCR que no sale gratis

Antes de eso, siquiera por curiosidad, es más que probable que ese mismo paciente (y no el sistema sanitario) se haga y se costee su propia prueba PCR porque eso de desconocer si es positivo o negativo es un sinvivir. Lo más seguro es que le dé por salir de la duda si tiene esperanzas de reencontrarse con su gente en Navidades, en caso de que eso esté permitido. El precio de desvelar ese misterio es de 120 euros, aproximadamente. Toca rascarse el bolsillo.

Mientras todo eso sucede, se preocupará por su futuro. En el hospital le informaron de que el virus le va a dejar secuelas, por lo menos a corto plazo: menos capacidad pulmonar, pérdida de masa muscular derivada de la escasa movilidad, reducción del sentido y el olfato, achacable en parte a los síntomas y en parte a la medicación… Algunas consecuencias ya las nota con claridad. Ahora puede salir a andar pero lo hace a un ritmo más propio de un caracol. Y le resulta obligatorio parar cada cierto tiempo, porque se agota.

Hay otras cosas, que le parecerán más raras pero que posiblemente también serán secuelas. Por ejemplo, una tendencia a que se le duerman las manos que juzgará inexplicable pero que ciertamente existe, hay bastantes casos documentados. O algunas lagunas mentales que se traducen en una mayor dificultad para encontrar las palabras que se quieren pronunciar, una especie de desorden mental que puede ser lógico en una persona mayor y/o que ha pasado un tiempo en cuidados intensivos, una unidad donde muchos pierden el control de su existencia, pero no tanto en alguien más joven. 

Y hablando de jóvenes, tampoco se van de rositas. En algunos que han sufrido la Covid-19 se ha demostrado la existencia de secuelas más o menos intensas en órganos como el corazón o el hígado, que surgen además cuando la enfermedad ya hace entre cuatro y seis meses que dejó de ser un problema para ellos. Es una especie de recuerdo, de correo que te llega desde el pasado para decirte que el bicho te picó. 

 

 

 

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