¿Y tú qué me das a cambio?

Mercadillo del trueque en el Albaicín

Nadia intercambia sus productos artesanales en el mercadillo del Albaicín.

«Aquí el dinero no vale nada», advierte Daniel Warner, un joven austriaco que reside en el Fargue desde hace doce años y que desde hace unos meses organiza, junto con otros amigos, un mercadillo donde sólo es posible el trueque, una especie de «burbuja» frente a la sociedad de consumo donde se intercambian no sólo objetos sino también servicios y conocimientos. Todo ello, fuera de la lógica capitalista. «En el último mercadillo hubo quien cambió una moto pequeña por diez horas de acupuntura».

El patio del restaurante Jardines de Zoraya, en la calle Panaderos, sirve de mercado improvisado desde las diez de la mañana hasta primera hora de la tarde. Ésta es la tercera edición de ‘Viva el trueque‘ y sus organizadores pretenden consolidarlo en el tiempo; establecer encuentros cada tres meses, el tiempo suficiente como para recopilar todo ese material que se arrincona en trasteros, armarios o garajes y que, por lo general, acaba con el tiempo en la basura.

Daniel, organizador de Viva el trueque Albaicín

Daniel, uno de los organizadores del mercadillo del trueque en el Albaicín.

«La idea del trueque surge en medio de la actual crisis económica como una alternativa a la sociedad de consumo, un espacio donde se funcione de otra manera pero sin pretensiones de tumbar el sistema. No somos tan ilusos», aclara Daniel.

En el mercadillo abunda la ropa de segunda mano y los libros. Pero también hay objetos tan atípicos como un ajedrez electrónico, cafeteras, macetas, una freidora e incluso alimentos frescos o elaborados de forma artesanal. En esta ocasión, el espacio dedicado al mercadillo es compartido con artesanos que sólo aceptan como transación el dinero. Es por ello que no se pudo instalar un pequeño espacio para los niños, habilidosos en el arte del intercambio. «Lo llevan en la sangre. Son los primeros que te dicen: ‘¿Y tú que me das a cambio?'», bromea.

Victoria Sánchez, su pareja, sostiene que el valor de los objetos no deja de ser «simbólico». «En mi caso intercambio plantas, de las que me duele desprenderme, pero en la anterior edición cambié tres por una bicicleta que necesito para desplazarme», explica.

A escasos metros Nadia, una asturiana albaicinera de adopción, mercadea con productos exquisitos totalmente artesanales. El público que acude a la cita puede probar su pate de pollo y la crema de frutos secos. Todo casero. Ha logrado en apenas tiempo intercambiar alguno de sus productos por un libro sobre caligrafía árabe y negocia con Daniel la posibilidad de canjear el ajedrez electrónico por su repostería más codiciada, el tiramisú. «Cada uno le da el valor que quiere, es una transación muy personal y vale todo menos el dinero», afirma Nadia.»La otra vez traje productos infantiles pero me limitaba mucho. Pensé que tenía que venir con algo que fuera una necesidad para todo el mundo. Qué mejor que la alimentación, que es básica para todos».

Se trata de aceptar las reglas del juego, renunciar por unas horas al dinero y contribuir, en la medida de sus posibilidades y la experiencia adquirida en estos encuentros, a dar continuidad al mercadillo.

Comentarios en este artículo

  1. Mencanta todotipo detruekes aki mas cerca de asturias abra algo loq hacesis es lacaña eso aki noloay bueno encantado un saludo atentamente david

    David

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